Meditando

De mi consideración:

Cuando el pasado es mayor que el futuro el margen para soñar es cada vez más escaso. Y lo peor es que el futuro se va haciendo más previsible. Es entonces cuando te das cuenta que el incentivo de pensar o imaginar que tus sueños pueden hacerse realidad, va desapareciendo con la misma la rapidez que desaparecen de nuestra vida esos minutos que nos separan del final.

No voy a contar cuales fueron mis sueños, porque ya tengo bastante con que hayan fracasado. Y tampoco voy a comentar mis posibilidades de futuro, porque no querría espantar a quien pueda leerlas. Y digo lo de espantar, porque es algo que he notado en los últimos tiempos, con las malas jugadas que me ha dado la vida y que al comentarlas, en una especie de terapia de descarga en busca de algo de comprensión, sólo he logrado el alejamiento de aquellos que yo consideraba cercanos, en el afecto de amistad. Por eso las meditaciones que comento en estas líneas serán sobre recuerdos. Algunos de esos recuerdos me llevan a mi barrio preferido y a la zona de Argentina que más alegrías me dio en mi infancia y en parte de mi juventud.

En mis recuerdos, que afloran en los momentos de soledad que dedico a meditar, aparecen mis amigos de la infancia: Luisito, Adolfito, Josesito, la Pocha, la Elsa, Nieves, Hilda, el Veto y Sergio. Todos teníamos más o menos la misma edad. Después estaban sus hermanos, cuatro o cinco años mayores que nosotros, con los que algunas veces jugábamos a la pelota o compartíamos sus tertulias en reuniones de potrero, antes o después de jugar al fútbol.

Aquellos fueron los años más bonitos y felices de mi vida, quizás porque al ser mi cumpleaños en octubre, mi ciclo escolar empezó un año mas tarde y eso me dio algo más de margen libre de preocupaciones, cosa que los niños actuales han perdido por culpa de su estresante vida escolar.

Recuerdo que en verano me gustaba madrugar y salir al patio de nuestro departamento de Cevallos 38. Era un patio grande, rodeado de diversas plantas: malvones, geranios, rosales, alegrías de hogar y otras plantas que no recuerdo sus nombres, pero que alegraban el patio inundándolo de aromas indescriptibles y placenteros. Aquel fresquito mañanero se te metía en los pulmones, como si fuese la caricia de un cubito de hielo en una húmeda tarde de calor. El frescor de la mañana era la antesala que auguraba un día caluroso y por eso era un placer disfrutarlo, como se disfruta un helado en una tarde de verano. Yo jugaba en el patio, hasta que mi mamá ponía el desayuno. Aquel tiempo de soledad, amenizado por el canto de los pájaros y el cacareo de las gallinas, en el gallinero de los vecinos, eran la gloria.

Como no tuve hermanos, mis momentos de soledad los empleaba en jugar, pensar y soñar con el futuro. ¡Era tan bonito soñar! El futuro parecía tan extenso que se hacia infinito y esa lejanía, unida a mi desconocimiento sobre los problemas y desdichas de la vida de adulto, me hacían creer que en el futuro todo lo soñado seria posible.

Pero bueno, volviendo a mi rutina diaria de aquellos tiempos. Después de desayunar, mi mamá me dejaba salir a la calle. Supongo que entre otras cosas, para que no despertase a mi papá que trabajaba a turnos en el bar Florida y que llegaba de madrugada. Por eso él necesitaba dormir hasta la hora de comer, que era cuando se levantaba, comíamos y después se iba a trabajar.

La cuestión es que yo salía al potrero y entonces, picardía infantil, pasaba varias veces por el pasillo pisando las baldosas flojas que había desde mi casa a la calle. Era un pasillo largo, con tres departamentos más. En aquel tiempo sucedían cosas incomprensibles para los jóvenes actuales. Por ejemplo: Las puertas de las casas estaban sin cerrar con llave e incluso algunas estaban abiertas de par en par, como la de mi amigo Luisito, que estaba al cuidado de su abuela, al igual que su hermano Chiche, porque sus padres trabajaban. La cuestión es que tanto pasar para arriba y para abajo por aquel pasillo, pisando las baldosas que metían ruido, tenia su recompensa, pues la abuela de Luisito, Doña Teresa, se asomaba a la puerta y me decía si quería entrar para despertar a Luisito. Mi amigo era dos o tres años menor que yo, así que casi seguro que lo debí de conocer desde su etapa de pañales, aunque mis recuerdos son desde que él empezó a caminar. La cuestión es que su abuela y yo, íbamos a despertarlo. Su despertar era musical, pues su abuela nos ponía discos infantiles de cuentitos y canciones que escuchábamos mientras él tomaba su mamadera o biberón y yo comía alguna galleta que ella me daba.

Luego, su abuela lo vestía, peinaba, etc. y nos íbamos a jugar al potrero, en donde esperábamos la llegada del resto de amigos y amigas, que poco apoco iban apareciendo. Así transcurrían la mayoría de las mañanas de mi infancia. Aunque no solo eso era lo que sucedía, había muchas cosas más, que quizás en algún otro momento pueda contar.

Un saludo.

 

Carlos A. Ochoa Blanco