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De mi consideración:

Kirchneristas son todos: …los hay a favor, los hay en contra. Después de tantos años vuelve a tener sentido la frase que pronunciara el Gral. Perón al referirse a la oposición, pero con nuevos protagonistas. La figura de los Kirchner (Cristina en este caso) se agranda a medida que pasan los años y demuestra que puede seguir timoneando el barco.

No somos un país fácil, la gente lo sabe. Existe una contra, que sin resquicios ni descanso pronostica, casi desde que asumieron los Kirchner, el desastre. Y aunque nadie sabe qué va pasar mañana, todavía estamos esperando que pidan disculpas por todas las veces que se equivocaron. Para los anti K siempre todo está peor, nunca hay mejoras. Pero, si verdaderamente este año cayó la construcción y la industria automotriz comparada con los últimos años, cómo es posible que nunca hubiera un titular expresando la espectacular suba del sector. Algo parecido dirán en un tiempo —imagino—, sobre la Bolsa o Vaca Muerta.

El objetivo de la oposición es claro, si todo se va al carajo, si destruyo al Estado, aparecen los grandes negociados. Lo sorprendente es que si bien los negocios los hacen los de afuera, los agoreros de la catástrofe, los “entreguistas”, están de este lado. Esto me recuerda una frase de Arturo Illia: “No les tengo miedo a los de afuera que nos quieren comprar, sino a los de adentro que nos quieren vender”. Cito a un radical y aclaro para que se entienda, que aunque diga que todos son Kircheristas, yo no soy Kirchnerista. Más bien soy “populista”. Voté a Alfonsín y a Cristina.

Luego de leer La razón populista del politólogo Ernesto Laclau, tomé conciencia que el populismo, al menos el Latinoamericano, merece consideración. Es una postura históricamente denostada por la derecha y la izquierda. La primera porque rebela al trabajador contra su “patrón”, y la segunda, porque aborta la revolución. Pero ¿por qué no pensar que si la democracia, con todos sus defectos, es el gobierno de las mayorías, los populismos son los gobiernos más democráticos?.

Si uno es un ciudadano de a pie, de esos que viajan en colectivo y le cuesta llegar a fin de mes; o simplemente le avergüenza que en un país proveedor de alimentos haya chicos que pasan hambre, a quién escuchar sino a quien habla a las mayorías. Es decir, si uno tuviera 800 mil hectáreas para explotar, como algún sector del agribusiness en el país, o 300 mil a su nombre, como el señor Soros, seguramente repudiaría cualquier intento populista, y no dudaría en votar a Macri (u otra gallina de ese gallinero) que prometen eliminar las retenciones. O a Carrió, que dijo al sector que con ella “el dinero lo van a levantar en pala”. Pero no se pertenece a esa élite, es lógico que vote a quién diga proteger el interés de las mayorías.

Esto no implica que el populismo esté exento de críticas. Entre ellas tener que aceptar la distancia que existe entre lo que dicen los políticos y lo que hacen verdaderamente. También tiene desventajas, como la de tener que vivir a diario con la crítica de fachos y troskos, o nuestra propia crítica, si un día nos levantamos más de un lado que del otro. Pongamos un ejemplo: en el tema de la deuda externa la derecha dice: “paguemos, y sigamos con el endeudamiento para comprar sus productos sin restricciones”, todo en aras de su panacea que es el “libre mercado”. Esto termina en un Estado sin industrias, sin trabajo y manejado por los organismos de crédito internacional. Mientras tanto, un grupete de familias, no más que eso, la pasan bomba vendiendo productos importados vía telefónica desde su quinta en Pilar. Por su parte la izquierda pregona: “no paguemos la deuda”, pues es ilegítima y primero hay que saldar la “deuda interna”; y olvida que salirse del mundo tiene su precio. En éste y otros aspectos el populismo toma un camino intermedio, seguramente lleno de errores, pero que en ocasiones muestra cierto progreso.

Sobre inseguridad por ejemplo, otro tema acuciante, el remedio populista busca la solución en el pasado y no en el presente de países que bajan la edad de imputabilidad de los menores, aplican la pena de muerte, aumentan las penas, las cárceles o los efectivos policiales, sin ningún resultado. Los populistas proponen, proponemos, volver al Estado de Bienestar de los ´60, donde no había carros en la calle ni familias enteras (incluidos niños) viviendo de la basura. Eso también es violencia. Quiere decir que la disyuntiva del título se modifica a: populistas somos todos, …a favor o en contra, y elijo estar a favor. A favor de este gobierno y su impronta populista.

Apruebo sus avances en cuestiones de género, educación, inclusión y general las que tiene que ver con el orgullo de ser argentino. Apoyo la unión Latinoamericana, la dignidad y orgullo con que festejamos el Bicentenario junto a los presidentes de los países hermanos, sin esperar la llegada de príncipes, reyes o mandatarios de estados históricamente explotadores en la Región. Su política internacional pacifista, pero no entreguista, y el protagonismo político que busca dar a la población. “El silencio es salud” del Proceso es la postura de quienes no quieren que se discutan u observen sus negociados, sus abusos. Por eso también apoyo la Ley de Medios y la última de regulación de las relaciones de producción y consumo. No quiero que las Empresas hagan lo que les da la gana.

Mi inclinación en favor del gobierno y su política también se explica en que soy docente, y un día del maestro —ni uno antes ni uno después—, había en casa de regalo un libro enviado por la presidenta. Por supuesto que no sólo a mí, sino a todos los docentes y eso lo hace más meritorio. Podrán decir que eso es la peor demagogia, burdo clientelismo; pero saben qué, ningún presidente se acordó de mí antes. Ni de Rocío Parabúe, una alumna que cuando le dieron la noteboock dijo: “…yo nunca tuve una computadora”. Por eso cuando dicen “…a estos negros los compras con un chori y un vaso de vino…”, sepan que los grasas, los negros, los pobres somos mayoría y en democracia apoyamos gobiernos populistas.

 

 

El “Profe”