Seseinta y seis años

De mi mayor consideración:

Es impresionante lo rápido que pasan los años. Ya tengo sesenta y seis años. Eso me indica que mi futuro ya es mucho más corto que mi pasado. Quizás esta situación es la ideal para pensar en la famosa frase del vaso medio lleno o medio vació. Y según el grado o el momento de optimismo o pesimismo que tengamos, veremos la parte positiva o negativa del dilema que nos presenta ese vaso.

Pero yo creo que cuando se trata de los años que tenemos, lo importante ya no es el contenido, sino el continente. Es decir, el vaso. La realidad es que los años lo van deteriorando de tal forma, que un día te preguntas: ¿Cuánto aguantará sin romperse? ¿Seguirá soportando el calor de los contratiempos y la fría indiferencia del mundo que rodea a un anciano? Y por último: ¿Cuánto queda para que el vaso se rompa en mil pedazos?.

Lógicamente todo esto depende de la forma de ser de cada uno. Hay personas que no se detienen a analizar estas cosas. Otros ser rodean de juventud o actividades que no les dejen un momento libre para meditar. Pero hay otros que no pueden evitar enfrentarse a una realidad que ven venir. Los que tenemos la desgracia de pertenecer a este ultimo grupo, vemos como hemos pasado rápidamente de una niñez y juventud, que parecían interminables, a una situación donde el futuro es mas predecible y no aconseja ya hacer planes a muy largo plazo.

Hoy, con 66 años, me detuve a pensar en mi infancia. Pensé en mis amigos de la niñez y en mis dos amigas, la Pocha y la Elsa. Los tres cumplíamos los años el mismo mes. Elsa los cumplía primero, luego yo y por último la Pocha. Curiosamente nuestras casas estaban situadas en el mismo orden en que cumplíamos los años. Elsa vivía en la esquina, yo a mitad de manzana y luego venía la casa de la Pocha.

Aquellos eran tiempos muy felices. Recuerdo que antes de mi cumpleaños iba con mi mamá a comprar cosas, para mi fiesta: platos de cartón, globos, cornetas, matracas, pitos, gorros, y un artilugio, que en España llaman matasuegras, pero que no recuerdo si en Argentina lo llamaban igual. La cuestión es que el día de mi cumpleaños, mi mamá hacia la torta (en España, tarta) y venían mis amigos. Allí nos juntábamos unos cuantos hijos de originarios extranjeros y también, entre ellos, había un medio originario descendiente de un cacique del norte. Y digo medio, porque su padre era negro y su madre india. Dos denominaciones que no tenían consecuencias, pero que las estupideces políticas de hoy, nos harían decir que su padre era de color y su madre originaria. Entristece ver como la incultura y la estupidez, han logrado que la buena gente sea engañada con artimañas políticas, cuyo único fin es dividir y debilitar a los argentinos.

En fin, que a mi barrio todavía no había llegado la estupidización política y allí convivíamos perfectamente, personas de distintos orígenes, colores de piel e incluso religiones.

Pero bueno, volviendo a lo de mis fiestas. Comíamos torta, sánguches (ya sé que se escribe sándwich) pero francamente, aunque su procedencia sea inglesa, estoy hasta la coronilla de tener que repetir, como loritos, los nombres que ellos les dan a las cosas y que nosotros asimilamos como nuestros. En mi barrio y en todos los barrios donde viví, se decía sánguche. No sé si alguno de los distraídos abuelos y abuelas de la Real Academia de la Lengua, leerá esto. Pero me gustaría pedirles, que si fueron capaces de aceptar la mutilación de septiembre, admitiendo “setiembre” o albóndiga, admitiendo “almondiga” creo que ya va siendo hora de incorporar la palabra sánguche a nuestro diccionario. En Latinoamérica solo los finolis, tirando a cursis, al menos en mi época infantil, le llamaban sándwich.

Pero bueno, dejando esto de la RAE para otro momento, vuelvo a mi fiesta de cumpleaños. Después de comer aquellos manjares y golosinas, salíamos a la calle haciendo sonar los ruidosos artilugios. Aquello parecía una manifestación de protesta, como las de ahora en Bs. As. Pero nosotros solo hacíamos ruido: No rompíamos, no insultábamos y no boicoteábamos gobiernos. Quizás porque sólo creíamos en los “milagros” de los Reyes Magos. Que por cierto, en mi vida nunca me defraudaron, pues me dieron muchísimas más alegrías que los políticos.

Al final, agotados de dar vueltas a la manzana, terminábamos sentados en el potrero, comiendo los caramelos que nos quedaban. En fin, la cuestión es que a mis 66 años, hay cosas de mi patria que sólo han cambiado para mal. No hay seguridad, hay más pobreza y sobre todo, menos cultura. Mi margen de vida será cada vez mas corto. Eso no me permitirá ver un país floreciente, sin pobres y si políticos demagogos, cuyo único fin es engañar a sus compatriotas, con promesas increíbles, que jamás creería un pueblo culto.

Un saludo.

 

Carlos A. Ochoa Blanco