Cartas de un judío a la Nada

Miami, 1982 Existen dos tipos de sueños: los que dependen sólo de uno y los que dependen de los demás. Los que dependen de uno, son todos posibles. Ser millonario, convertirse en el mejor cantante de la Tierra, escribir el verso perfecto, escalar el Everest. Todos dependen solamente de nuestra voluntad. Los que dependen de los demás, esos son los imposibles.

Cartas de un judío a la Nada

bound-with-chains-of-the-spirit-and-of-men11

La Rioja, 1992 Nadie desaparece. La gente no desaparece. Los desaparecidos no son desaparecidos, son sólo innombrados. Hay alguien que sabe dónde están o qué hicieron, pero no lo dice. En este país mataron a muchos, arrojándolos al mar desde aviones o usando métodos aún más perversos. Los asesinos saben bien a quiénes mataron y a quiénes dejaron escapar.

Cartas de un judío a la Nada

Los Ángeles, 2006 Miller volvió a escribirme esa misma tarde. Me pidió disculpas por su reacción y me rogó que nos volviéramos a reunir. Nos juntamos al día siguiente, en el mismo café. Miller no se había ni afeitado ni bañado. Traté de mirar más allá de su apariencia y de encontrar una forma de ayudarlo en serio.

Cartas de un judío a la Nada

Los Ángeles, 2006 A John Miller lo conocí gracias a esta maravilla moderna que es la Internet. Debo confesar que tardé un tiempo en familiarizarme con las ventajas que representa este invento para la humanidad en general, y para mí en particular. Ahora, más que nunca, puedo seguir en contacto con diversas personas desde cualquier lugar del mundo. Es, claramente, una seria ventaja para alguien que se encuentra en mi particular posición. Creo. La verdad, siento que todavía debo pensar más en ello. Mi incapacidad de adaptarme a estos cambios me preocupa.

Cartas de un judío a la Nada

Mar del Plata, Argentina, 1998 Una calle de grava blanca que se pierde a la distancia, hasta fundirse con un muro de árboles y arbustos que pareciera ser el final del mundo. El viento que sopla en ráfagas rápidas que se visten de calina y atraviesan las esquinas como fantasmas repletos de repiqueteos. Y los perros que ladran, siempre, mientras yo camino.

Cartas de un judío a la Nada

Siberia, 1999 — Es alto, fornido y feo como la peor de las pesadillas. Tiene una cicatriz que le recorre buena parte de la mejilla derecha y le baja por el cuello. La última vez que se lo vio, iba desnudo. Jonathan levantó la vista, alarmado. — ¿Cómo? Espere, espere. ¿Quiere que salgamos a buscar a un hombre que escapó de esta prisión, en medio de la tundra siberiana… desnudo? Amigo, su fugitivo está muerto. Caso cerrado —. Agregó, mirándome a mí: — No puedo creer que estos estúpidos nos hayan hecho recorrer medio planeta para esto.

Cartas de un judío a la Nada

Eirin, Irlanda, 2004 El hombre trabajaba febrilmente, dando pinceladas allí y aquí con entusiasmo. La pintura estaba casi terminada. Había trabajado durante toda la noche y ahora la luz que se filtraba por las ventanas, casi equiparaba a la de las velas que agonizaban sobre su mesa de trabajo. Las aves ya cantaban en el exterior y él miraba, satisfecho, su obra apenas incompleta. Desde el lienzo le devolvía la mirada la Mujer Amada.

Cartas de un judío a la Nada

Valle del Orens, 1402 Habían pasado diez meses. Nuestro primer encuentro fue en las Columnas de Hércules, al sur de Hispania. Ahora nos volvíamos a ver, pero entre los picos escarpados de los Alpes. Había pasado casi un año, tiempo suficiente como para que el invierno se fuera y regresara. La nieve ya me tenía harto.

Cartas de un judío a la Nada

Orilla del Mar Mediterráneo, 707 Las historias se sienten venir a lo lejos. Un día soleado sin viento, una pesca abundante, una aldea particularmente feliz. Las frascas de vino que se abren al caer la noche, una fogata que se enciende sobre la arena, y los niños que pelean por sentarse en el primer lugar. Y finalmente, los ojos de todo el pueblo convergiendo en un solo punto: en los ojos del Narrador. En mis ojos.

Cartas de un judío a la Nada

Boston, 1998 Den Brady es mi contador. Mejor dicho, es uno de los muchos contadores que, alrededor del mundo, manejan mis cuentas bancarias e inversiones. Sin embargo, al tener a su cargo mis bienes más cuantiosos, le tengo cierta consideración especial. Es un hombre práctico, llano e inteligente. Confiar en él es una reacción natural que sufren todos los que llegan a conocerle.