Gaia, la diosa indiferente

A pesar del deseo humano de ser relevante, la realidad es que el planeta ni se da cuenta de que estamos en él. Llevamos décadas hablando de cambio climático y nos hemos convencido de que éste se debe a nuestro accionar, convirtiéndolo en un fuerte instrumento de debate ideológico/político, en particular, luego de la caída del imperio soviético.

Es de allí que ha nacido esta preponderancia del tema climático en el debate mundial: el mismo está impulsado por las facciones sobrevivientes del Partido Comunista, travestidas de organizaciones ecologistas que, en una formidable acción conjunta, han instalado este tema a nivel global.

Sin embargo, los hechos revelan lo que ocurre en realidad: los incendios en la costa oeste de Estados Unidos, la brutal ola de frío que azota a la costa oriental, los terremotos de altísima intensidad que arrasan con estructuras y vidas, son fenómenos que nada tienen que ver con las acciones humanas. Tampoco lo es el régimen de lluvias que arrasó, en Argentina, a la ciudad de Bahía Blanca.

Cuando se investigan estos sucesos, es fácil encontrar información que revele que, en realidad, nada nuevo ocurre, salvo la intensa actitud de negar los hechos de manera sistemática: tal como se lee en «Secas a Inundaciones en la Provincia de Buenos Aires» de Florentino Ameghino, publicado en 1884, todos los grandes desastres recientes registrados en Argentina y Brasil no responden, climáticamente, a nada nuevo. Lo mismo sucede en Europa, arrasada por enormes lluvias.

Lo que sí cambió, es la acción del hombre pero a la hora de desarrollar y construir en contrario a lo que sería recomendable dados los indicadores naturales del terreno. Esto se advierte en la DANA que arrasó Valencia, o en la catástrofe de Bahía Blanca, ambos sucesos que responden a un mismo patrón: estudios de terreno e historia hídrica ignorada en aras de hacer negocios inmobiliarios y permitir desarrollos sin el respaldo de una infraestructura adecuada y suficiente.

En el caso de los incendios en Estados Unidos, Argentina o en Corea del Sur —en donde murieron al menos 24 personas— hay un dato vinculante: la profusión del sembradío de pinos. Al respecto, destacamos la opinión de dos expertos coreanos: Yeh Sang-Wook, profesor de climatología de la Universidad Hanyang en Seúl, declaró a la AFP que la falta de lluvia hizo que el suelo se secara y «creó condiciones favorables para los incendios forestales», mientras que Hong Suk-hwan, de la Universidad Nacional de Pusan, apunta también a la gestión forestal en el país que, en su opinión, ha priorizado la conservación de grandes pinos de resina aceitosa en lugar de optar por plantar árboles de hoja caduca. Y lo expone muy claro la diatriba entre los monjes budistas que revelan y la UNESCO debido a que, en el templo de Bongjeongsa —la estructura de madera más antigua de Corea del Sur— sus responsables decidieron talar un pino de 200 años para preservar este monumento: «No teníamos otra opción que talarlo (…) El fuego se expande rápidamente de un pino a otro», dijo el jefe de los monjes.

Todo ya ha ocurrido, no es el cambio climático, es la soberbia de pretender ignorar que el planeta no ha tomado noticia de nuestra presencia.