Sudáfrica quiere acabar con su efectivo: los países emergentes se pasan al teléfono (sin banco)

Sudáfrica impulsa pagos digitales para mejorar la recaudación y frenar delitos, aprovechando el móvil como «banco», pese a las brechas de conectividad, la desconfianza tecnológica y una fuerte desigualdad social y territorial.

El Gobierno sudafricano pretende reducir drásticamente los pagos en efectivo para conseguir una mejora en temas gangrenados en la emergente nación africana: impuestos, delincuencia y corrupción. Tres dolencias del siglo XX que arrastra en este siglo XXI donde el país más al sur del continente pretende dar el salto al futuro que le otorga ser uno de los cinco miembros fundadores de la alternativa a las instituciones financieras occidentales que pretenden ser los Brics.

La receta sudafricana es aplicable a muchos de los socios de ese club. Sudáfrica es ejemplo de algo que está acelerándose en muchos países en vías de desarrollo, que parecen encontrar en el teléfono móvil el acceso a un «banco» alejado de las tradicionales sucursales. En muchos países, acudir a una oficina bancaria en determinadas zonas rurales es una utopía, mientras que llevar un smartphone es una realidad. Parece que lo segundo puede hacer que lo primero, algo implantado en el mundo desarrollado, sea inservible por antiguo y desfasado antes de siquiera instalarse.

¿Muchas naciones estigmatizadas de ser pasado llegarán al futuro sin pasar por el presente? El reto para Sudáfrica, el país más desigual del planeta, es que intentar canalizar los pagos con métodos online es imposible para aún una parte, cada vez más minoritaria, eso sí, de la población. Los minibuses que usan masivamente las clases bajas para moverse en las ciudades tienen instalado ya el pago digital, pero el de los dedos. El usuario se sienta en una pequeña furgoneta con capacidad para 14 personas en las que entran hasta 22, y las monedas pasan de mano en mano para pagar al ayudante del conductor.

¿Podría hacerse eso ahora con un teléfono? Ya sucede en ciudades como Johannesburgo y Ciudad del Cabo, donde se hacen pagos con aplicaciones de pago instantáneo como SnapScan, Ozow o Zapper. Incluso en algunas furgonetas hay códigos QR para hacer el abono, aunque sigue siendo algo aún hoy minoritario. En otras economías emergentes esa realidad es algo más complicada, pero el mundo cada vez más es menos esa isla de prosperidad que creen muchos occidentales que son sus países frente a un erial de rezago al otro lado.

El PromptPay en Tailandia, que usan hasta mendigos; el Codi en México, con el que pagar tacos callejeros; el Pix en Brasil, con el que dar propina al hamaquero de la playa; el M-Pesa keniano, con el que abonar los baratos mototaxi… La lista es larga y supone un brinco: de tener el dinero en una caja se está pasando a tenerlo en un teléfono, saltándose el paso intermedio de las oficinas bancarias. África, la zona más estereotipada del globo, no es sólo una tierra de parques nacionales y tribus pobres. La rareza no es internet, la rareza es ya lo contrario. En Sudáfrica, con sus muchos graves retos por resolver, aún más que en el resto.

El Banco Mundial estima que un 85% de los sudafricanos tiene cuenta bancaria. En 2017, la cifra era de un 69%. Sin embargo, un estudio del Banco de la Reserva de Sudáfrica, la institución que ha lanzado el plan de acabar con los pagos en efectivo, matiza que sólo un 33% de la población está familiarizada con los pagos online.

Según esa encuesta, un 19% dice no tener conocimientos para hacerlos y un 17% desconfía de que los pagos sean auténticos. En cuanto a las conexiones, hay casi un 78% de la población que usa internet regularmente, pero sólo un 14,5% que tiene conexión fija en sus casas. Hay, incluso, un 10% de la población que ni siquiera tiene electricidad disponible en su domicilio.

Esos datos hablan de la difícil convivencia de las dos Sudáfricas: la urbana y rural, divididas a su vez en la minoritaria clase alta, la incipiente clase media, y la masificada clase baja. Hay un 38% de la población que vive bajo el límite de la pobreza (Lower Bound Poverty Line) y un 17,6% que vive en pobreza extrema. Datos que contrastan con ese 1% de la población que ostenta el 70% de la riqueza del país. En ese escenario, el país tiene un problema recaudatorio.

La Hacienda sudafricana (South African Reveneu Services) estima en 800.000 millones de rands (40.000 millones de euros) el dinero que no recauda. Ahí entra la evasión fiscal y el descontrol que producen los pagos en efectivos. «Los pagos en efectivo representan el 56 % del volumen de transacciones, pero solo el 21 % del valor, lo que refleja su bajo importe medio por transacción. Los cajeros automáticos, utilizados por el 55 % de la población, son el principal método para acceder al efectivo, seguidos por el reembolso en efectivo en el punto de venta (POS), con un 28 %», explica la sociedad financiera Moonstone. La medida pretende sacar a la superficie buena parte de esos pagos, mayoritariamente usados por las clases más empobrecidas, y que son sólo una parte del problema recaudatorio. También, de forma paralela, se da un golpe a la delincuencia y la violencia.

La mayoría del crimen que sufre Sudáfrica contradicen el relato que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y algunos de sus asesores mantienen de que afecta a la población blanca. Es en realidad en las barriadas donde se concentran la mayoría de delitos, y erradicar el efectivo puede acabar con parte de los hurtos y robos con violencia. En 2023/24, el Crime Report señaló que 1,4 millones de personas sufrieron robos personales y 443.000 atracos callejeros. No llevar efectivo puede acabar con ese tipo de asaltos ya que el posible robo obligando a hacer una transferencia a otro teléfono deja un rastro en la cuenta receptora.

Los billetes y monedas tienden a desaparecer del globo. En la superpotencia China, un 86% de la población usa ya los pagos móviles. En Brasil, 93%; Rusia, 87%, México, 69% e India, 84%. Eso no significa que se acabe con el efectivo. Hasta un 70% de los pagos en India son aún en «cash»; por un 80% en México o 65% en India y Tailandia.

En países más desarrollados, hay cifras dispares. Un 61% en Italia, un 57% en Japón y España; 51% en Alemania; 43%, en Francia; y un sí muy bajo porcentaje en EEUU, donde se calcula el uso del efectivo en sólo un 14%. El 2026 será un año que entierre algo más el uso de billetes y monedas, algo que algunos creen que en las próximas décadas sólo se contemplará ya en museos.

El Banco Central Europeo pretende a partir de 2027 lanzar el euro digital. China está trabajando también en ello. Y otros 130 países están elaborando planes en el mismo sentido. Sólo los Estados Unidos de Donald Trump han prohibido la implantación del dólar digital. El neoyorquino firmó en enero pasado una orden ejecutiva que prohibía que se siguiera desarrollando el proyecto.

Países como Suecia parecían decididos a acabar con el efectivo, casi se desterró sin necesidad de regulaciones gubernamentales. Sin embargo, el propio Gobierno decidió a partir de 2022 volver a recurrir al «cash» ante las amenazas de apagones, ciberataques o crisis geopolíticas. De adiós monedas se pasó a recomendar a los ciudadanos que tuvieran cantidades en efectivo en las casas. «Se necesita dinero en efectivo, para que todos puedan pagar y para disponer de un medio de pago adicional en caso de crisis o guerra», dijo el Ejecutivo sueco en 2024.

Y la guerra es hoy tan presente, como las monedas y los «smartphones».