El director del Belgrano Day School, Alberto Taquini, aseguró que la revolución tecnológica modificó por completo la relación con el conocimiento y planteó la necesidad de “reordenar” tanto la escuela como la universidad frente a una nueva época.

El director del Belgrano Day School, Alberto Taquini, analizó el impacto de la revolución tecnológica sobre los sistemas educativos y afirmó que “el juego terminó para el viejo modelo educativo”, en referencia a las transformaciones profundas que atraviesan las aulas, las universidades y la relación de las personas con el conocimiento.
“Estamos viviendo un cambio de época”, sostuvo en la 99.9, al explicar que la conectividad permanente y el acceso instantáneo a la información alteraron completamente el funcionamiento tradicional de la escuela. “Hoy el 80% de la población mundial tiene acceso a telefonía móvil e Internet. Eso genera un teatro totalmente distinto al teatro del aula”, indicó.
Taquini describió cómo la dinámica tecnológica impacta directamente sobre el aprendizaje cotidiano: “Los chicos andan por la calle con el teléfono pegado, comunicándose, viendo información o estudiando temas. Después se meten en un aula durante cuatro u ocho horas, encerrados, sentados, con un docente que hace el mejor esfuerzo posible, pero que no puede competir contra la nube”.
En ese contexto, señaló que el problema educativo no es exclusivo de Argentina: “La crisis de época no se da sólo para la educación, se da para todo. Cambiaron los bancos, cambió la forma de comprar un pasaje, cambió la comunicación y también cambió el acceso al conocimiento”.
Para el educador, la aparición de nuevas plataformas digitales está modificando el sistema de aprendizaje a escala global. “En China ya existen plataformas para aprender matemática y lengua donde estudian más de un millón de alumnos”, explicó. Y agregó: “Estamos creando una nueva oferta tecnológica que en diez o veinte años va a modificar completamente el sistema”.
A ese fenómeno lo definió como “overtake”: “Game over, el juego terminó para el viejo modelo. Hay que tomar un camino nuevo”. Sin embargo, aclaró que el desafío principal es cómo acreditar esos aprendizajes: “La gente necesita certificación para el mercado laboral posterior”.
Taquini también advirtió sobre los problemas derivados del mal uso de la tecnología y el desorden social actual. “Existe un conflicto grande entre la potencia del sistema y el uso correcto del sistema”, expresó. A su entender, esto también se vincula con cambios profundos en la organización familiar y en la transmisión de valores: “Hay cierto desorden en el orden jerárquico de los valores”.
En ese marco, consideró que el rol de los padres será cada vez más relevante: “¿Quién tiene la responsabilidad de dar criterio a los niños? Primero, los padres”. Y añadió que la educación futura podría estar mucho más integrada al hogar y al trabajo remoto.
Respecto de las experiencias internacionales, mencionó el caso de Suecia, donde se volvió a reforzar la lectoescritura tradicional. Sin embargo, relativizó la idea de abandonar la tecnología: “El teléfono es una prótesis, una extensión de la forma en que trabajo y vivo”. Incluso planteó que en el futuro esa integración entre cuerpo y tecnología podría profundizarse: “Estamos entrando en escenarios tecnológicos de enorme potencia”.
Consultado sobre la situación universitaria argentina, el impulsor del histórico “Plan Taquini” aseguró que “la Argentina es un desorden” y que las universidades no escapan a esa realidad. “La universidad de las profesiones está terminando”, sostuvo.
Según explicó, históricamente existieron distintas etapas: “Primero estuvo la universidad de las ciencias; después, la universidad de las profesiones. Ahora vamos hacia la universidad de la vida”. En ese sentido, advirtió que muchas carreras dejarán de tener sentido debido al cambio tecnológico y al nuevo mercado laboral. “China acaba de cerrar alrededor de cien carreras porque desaparecen con la tecnología”, señaló.
Para Taquini, el sistema universitario argentino requiere un profundo replanteo: “Hay que discutir qué universidad necesitamos hacia adelante”. También cuestionó el esquema de financiamiento actual: “Es ridículo que chicos de familias de buena posición, que pagan colegios caros, lleguen a la universidad y no paguen nada”.
El educador consideró que parte de esos recursos podrían destinarse a prioridades sociales más urgentes: “Esa plata podría usarse para ciencia o para garantizar salud y alimentación a los chicos”.
Finalmente, fue especialmente crítico con la utilización política de las universidades públicas: “Hay grupos pequeños que usan la universidad para la militancia política y no para su verdadero fin”. Y concluyó: “Es muy bueno tener una universidad pública gratuita, siempre y cuando la plata esté bien gastada. Pero si no tenemos recursos para vacunas o alimentación infantil y sí para sostener estructuras políticas universitarias, eso no va más”.