El doctor en Ciencias Geológicas, investigador del CONICET y profesor de la Universidad Nacional de Cuyo, José Mescua, explicó en la 99.9 por qué la región de Cuyo concentra el mayor riesgo sísmico de la Argentina y advirtió que, aunque la ciencia todavía no puede determinar cuándo ocurrirá un terremoto, existen herramientas para reducir sus consecuencias.

Los recientes movimientos sísmicos registrados en distintos puntos de Sudamérica volvieron a poner en discusión el riesgo de terremotos en la Argentina, especialmente en Mendoza y San Juan. El doctor en Ciencias Geológicas, investigador del CONICET y profesor de la Universidad Nacional de Cuyo, José Mescua, explicó en la 99.9 que la actividad sísmica de la región responde a la dinámica de las placas tectónicas y que, aunque no es posible anticipar cuándo ocurrirá un terremoto, sí existen mecanismos para evaluar las zonas de mayor riesgo y preparar a la sociedad.
«Todo el margen oeste de Sudamérica, por una cuestión geológica que tiene que ver con la famosa tectónica de placas, es una zona sísmicamente activa», explicó Mescua. Según detalló, la dinámica se produce por la interacción entre la placa Sudamericana y una placa oceánica que se encuentra bajo el océano Pacífico. «Sudamérica se mueve hacia el oeste y esa placa oceánica se mueve hacia el este. Entonces, en toda su zona de contacto interactúan entre sí y se generan una serie de procesos que llevan a la formación de fallas geológicas», señaló.
El especialista explicó que en Chile, Perú, Ecuador y Colombia se encuentran algunas de las zonas de mayor frecuencia y magnitud sísmica debido a la denominada zona de subducción, donde una placa oceánica se hunde por debajo de la placa Sudamericana. Sin embargo, aclaró que la actividad no desaparece a medida que se avanza hacia el interior del continente. «Seguimos encontrándonos en una zona sísmica, donde se sigue produciendo deformación, fracturación de las rocas del subsuelo y movimientos sísmicos, pero empieza cada vez a tener menor frecuencia y menor magnitud«, indicó.
En ese contexto, Mescua ubicó al norte de Mendoza y el sur de San Juan como el sector de mayor actividad sísmica de la Argentina. «Si ya nos alejamos mucho más hacia el este, si nos vamos a la provincia de Buenos Aires, nos alejamos lo suficiente de ese borde de placas para que la frecuencia de sismos sea muy baja», explicó. Por el contrario, las características geológicas particulares de Cuyo hacen que la región requiera especial atención en materia de prevención y construcción.
Uno de los principales interrogantes frente a los terremotos es si la ciencia puede anticipar cuándo ocurrirán. Mescua fue contundente: «No tenemos método de predecir sismos». El investigador explicó que predecir un terremoto implicaría conocer con precisión cuándo se producirá, qué magnitud tendrá y en qué lugar ocurrirá, algo que actualmente no es posible debido a la enorme complejidad de los sistemas naturales.
Sin embargo, aclaró que la imposibilidad de predecir un terremoto no significa que no puedan estudiarse sus riesgos. «En algunas condiciones se puede hacer estudios y evaluar qué zona tiene potencial de producir sismos de determinada magnitud», señaló. Como ejemplo, indicó que para el norte de Mendoza se estiman terremotos de una magnitud máxima cercana a 7. «Puede ser mañana, puede ser dentro de 10 años, dentro de 100 años, pero en algún momento va a ocurrir», advirtió.
Por eso, para el especialista, el eje debe estar puesto en la prevención. «Lo importante es que nuestra sociedad esté preparada, que la infraestructura sea sismorresistente, que sepamos todos qué hacer frente a ese evento para minimizar los daños», sostuvo. La preparación, explicó, puede marcar una diferencia significativa en las consecuencias de un terremoto de determinada magnitud.
Mescua también destacó que los daños provocados por un terremoto no dependen exclusivamente de la magnitud del movimiento. «Importa no sólo las características naturales del evento, la magnitud, la profundidad, sino principalmente el tipo de construcción y el tipo de suelo sobre el que se construye», explicó.
En ese sentido, puso como ejemplo los daños registrados en Venezuela y señaló que, además de posibles deficiencias constructivas, los estudios habían advertido sobre las características del terreno. «Había ya algunos estudios recientes que sugerían que esta zona costera, al norte de Caracas, tenía unos suelos de sedimentos blandos que son muy malos porque amplifican las ondas sísmicas», detalló. Esa condición, sostuvo, contribuyó a incrementar los daños respecto de lo que habría ocurrido sobre un terreno más firme.
Respecto de Mendoza y San Juan, el investigador consideró que existen herramientas normativas que permiten afrontar razonablemente este tipo de fenómenos. «En toda la Argentina tenemos una normativa de construcción consistente, que se va actualizando en el tiempo a partir de los avances tecnológicos y distintas cuestiones de construcción. En teoría deberíamos estar relativamente bien preparados para un evento», afirmó.
No obstante, advirtió que existen dos situaciones que pueden generar vulnerabilidades. Por un lado, las construcciones antiguas que fueron levantadas antes de las actuales normas sismorresistentes o bajo reglamentaciones que quedaron desactualizadas. Por otro, mencionó un fenómeno que las normativas no necesariamente contemplan: la denominada ruptura superficial.
«Si el evento sísmico se produce en alguna de las fallas que tenemos por debajo de la ciudad, aquí en Mendoza y en San Juan tenemos identificadas algunas, la normativa sismológica no prevé un fenómeno que se llama ruptura superficial», explicó. Se trata de situaciones en las que un terremoto cercano a la superficie puede deformar el terreno y alterar directamente los cimientos de las construcciones.
Mescua remarcó finalmente que, ante la imposibilidad de conocer el momento exacto en que se producirá un gran terremoto, la estrategia debe concentrarse en reducir la vulnerabilidad. «No sabemos cuándo va a ser», insistió, pero sostuvo que el conocimiento científico permite identificar las zonas más expuestas y establecer medidas de prevención. Para Cuyo, la cuestión no pasa entonces por esperar una señal que anuncie el próximo terremoto, sino por estar preparados cuando finalmente la tierra vuelva a temblar.