
Mientras la ciudad sufre el flagelo de la inseguridad, la política local pierde el tiempo con chicanas y acciones vanas para publicar en redes.
El vecinalista del barrio Fortunato de la Plaza lo dijo de manera muy clara: lo que está pasando en la ciudad, con los llamados a expresarse en la calle al respecto de la inseguridad, tiene un costado político alineado con intereses concretos. Sabe de lo que habla. La movida —cuya voz más tonante fue la de Heraldo García, parte del armado vecinalista de Acción Marplatense— es fuertemente agitada por el ex intendente Gustavo Arnaldo Pulti, quien busca, con la creación de una Mesa de la Inseguridad, un espacio desde donde proyectar su figura.
Cospelito ya sabe que no califica para un nuevo período pero igual agita porque eso es lo suyo, es lo que penosamente sabe hacer. El tema, es que el problema sí es legítimo y sacude a toda la sociedad. Pero hay que navegar entre carroñeros y falsarios que se inventaron un pasado marplatense y dijeron que venían a resolver la inseguridad porque sabían de qué hablaban y un gobierno provincial perverso, al que sólo le importa echarle la culpa a Milei.
Para ser específico: la seguridad, es una competencia provincial. Exclusivamente. El pedido de fuerzas federales sólo les es útil a los proveedores de servicios locales que se hacen su agosto alojando, transportando y alimentando a los numerarios que llegan a la ciudad, en un dispendio de recursos que es absurdo.
La actual configuración de la fuerza policial se divide en cuatro grupos: la Jefatura Departamental, que dirige y es la única que tiene injerencia en las seccionales, la UTOI dependiente de la jefatura centralizada en Puente 12, el Comando de Patrullas y la FBA, Fuerza Barrial de Aproximación. Después, por supuesto, están tanto la DDI como la DDI de drogas, que cada cual juega su propio rol.
Todo este esquema, sin embargo, se da en medio de un desquicio de recursos en el que cada fuerza se maneja a su aire y la corrupción interna —que va desde pagarle una coima a un instructor para recibir un certificado de ejercicio de tiro, pactar con un superior el reparto de horas COREs, o ser parte del ya epidémico e interminable robo de combustible, etc— avanza sin control. Mientras tanto, el ministro de Inseguridad habla flatulentamente de estadísticas comparativas de muertos y de robos en los medios de CABA ante periodistas silenciados por sus patrones.
La recorrida del impresentable cientista social egresado de la FLACSO, Javier Alonso, diciendo que la inseguridad es un fenómeno agitado en las redes, cuando menos da asco. Y el colmo ha sido llamar a los dueños del grupo América para pedir la cabeza de Luis Novaresio, quien hizo público el hecho. Aguardo —sentado— el comunicado de la FOPEA.
Y por casa, el único recurso de la dupla Montenegro/Rabinovich es mandar a su corre ve y dile, el curul Julián Bussetti, a ladrar como chucho sin dientes, en vez de asumir sus responsabilidades políticas y funcionales, como corresponde. Ahí sí que se dio un temazo: ¿debe retornar a la intendencia el hombre que hace siete años prometió terminar con la inseguridad? Si lo hace, ¿en qué esquema y con qué equipo?
Una fuente altamente calificada me señaló: «no vamos a ir a resolverle el tema a esos dos corruptos», una calificación muy elevada en el ánimo de la comunidad. Triste.
