
Hay tragedias que se recuerdan como un rayo en cielo sereno y otras que, revisadas tras el paso de las décadas, resultan el desenlace anunciado de una acumulación de señales que nadie quiso —o supo— ver a tiempo. El atentado del 11 de septiembre de 2001 pertenece a la segunda categoría.
El 6 de agosto de 2001, con el entonces presidente George W. Bush de descanso en su rancho de Crawford, Texas, la CIA le entregó el ítem número treinta y seis de sus reportes diarios vinculados a Al Qaeda, titulado «Bin Ladin Determined to Strike in US». El documento —desclasificado recién en 2004 ante la presión de la comisión investigadora— sostenía que Bin Laden buscaba golpear territorio estadounidense desde 1997, mencionaba la posibilidad de secuestros aéreos y citaba patrones del FBI compatibles con vigilancia reciente sobre edificios federales en Nueva York. Pese a la gravedad del cuadro, ningún Grupo de Seguridad Contraterrorista ni el Consejo de Seguridad Nacional se reunió para discutir puntualmente ese riesgo doméstico.
Un mes antes, el 10 de julio de 2001, el agente Kenneth Williams había enviado desde la oficina del FBI en Phoenix el memorando que hoy lleva el nombre de esa ciudad: alertaba sobre un número inusual de estudiantes de Medio Oriente, varios con vínculos sospechosos, entrenándose en escuelas de aviación de Arizona con escaso interés en despegues y aterrizajes: el detalle que, con el tiempo, resultaría el más elocuente de todos. El memo fue leído por al menos una docena de funcionarios y nunca llegó ni al director interino Thomas Pickard ni a la CIA.
Mientras tanto, a mediados de agosto de 2001, una escuela de aviación de Minnesota alertó al FBI sobre Zacarias Moussaoui, ciudadano francés que había viajado por Pakistán y despertaba sospechas por preguntar cómo abrir la cabina de un avión en pleno vuelo pero sin mostrar el menor interés en aterrizarlo. Terminó detenido por una visa vencida, pero más allá de eso, no disparó ninguna alarma.
Un dato clave, revelado apenas esta semana con la desclasificación de 71 informes adicionales de la CIA por el vigésimo quinto aniversario del atentado: la agencia ya le había advertido a Bill Clinton, tres años antes en un memo fechado en septiembre de 1998, que los seguidores de Bin Laden «podrían hacer volar un avión cargado de explosivos contra una ciudad estadounidense».
Pero no todos leyeron esas señales con la misma indiferencia: Rick Rescorla, jefe de seguridad de Morgan Stanley en la Torre Sur, llevaba desde el atentado de 1993 insistiendo en que el complejo volvería a ser blanco de un ataque —imaginó, incluso, un avión cargado de explosivos contra las torres— y entrenaba a los más de 2.700 empleados de la firma con simulacros trimestrales que muchos calificaban de obsesión. El 11 de septiembre desoyó la orden de permanecer en los puestos y evacuó a la compañía entera antes de morir buscando rezagados en el piso 44.
Lo que la Comisión del 11-S estableció en 2004 es que el atentado pudo haber sido un shock para la sociedad estadounidense, pero jamás debió ser una sorpresa para su aparato de inteligencia: la falla principal, sentenció el informe, fue «una falla de imaginación» porque los datos estaban pero lo que faltó fue la voluntad de creer que serían usadas exactamente como lo fueron.
Casi tres mil personas murieron ese martes por una hipótesis que se consideró demasiado inverosímil. Fracasó la imaginación, porque nadie podía creer entonces que semejante atentado pudiera convertirse en una realidad, hasta que las imágenes capturadas por las cámaras de televisión se lo mostraron al mundo.