El general José Luis Figueroa presentó su trabajo sobre la vida del coronel Argentino del Valle Larrabure y explicó que la reconstrucción de los años 70 busca recuperar testimonios y, fundamentalmente, extraer enseñanzas para el presente. Sostuvo que quienes protagonizaron aquel enfrentamiento lograron perdonarse y reclamó superar la “grieta” para construir consensos básicos que trasciendan a los gobiernos.

El general José Luis Figueroa explicó en la 99.9 cómo nació su trabajo de reconstrucción histórica sobre la figura del coronel Argentino del Valle Larrabure, a partir del conocimiento de su vida y de los testimonios de quienes atravesaron los años 70. Según relató, su acercamiento al militar se produjo a partir del proceso de beatificación de monseñor Enrique Angelelli y de una conversación con el obispo castrense monseñor Oliver, quien le planteó que también había integrantes de las Fuerzas Armadas cuya historia debía ser considerada.
“Yo no tenía mucho conocimiento de él, sino que cuando se produjo el proceso de monseñor Angelelli, a mí, voy a hablar con toda honestidad, me dio un poco de bronca. Pero si nosotros también tenemos gente… Yo siempre soy primero un hombre de la Iglesia. Si la Iglesia determina que monseñor Angelelli es, por algo será, y si Dios determina que es santo, debe serlo”, relató.
A partir de aquella conversación comenzó a estudiar la vida de Larrabure, entrevistó a compañeros, conoció a su hijo Arturo y accedió a distintos libros y documentos. Figueroa destacó especialmente las condiciones en las que el coronel permaneció cautivo durante su secuestro. “Vivió mucho tiempo en un pozo sin ninguna luz natural, con algún tubo fluorescente, con el aire que le llegaba por dos tubos de agua, esos pequeños de dos centímetros, y él tenía asma”, explicó.
Para Figueroa, esa experiencia adquiere una dimensión particular por los mensajes que Larrabure dejó durante su cautiverio. “Uno de los que más llamó la atención, digo yo que sufro asma, me imagino lo que debe haber sido estar ahí, lo que ha sufrido Larrabure”, señaló. Y destacó que, pese a esas condiciones, pudo transmitir mensajes que considera relevantes para la sociedad argentina actual, especialmente vinculados con el perdón y la convivencia.
Uno de los episodios que más remarcó fue la posibilidad que le ofrecieron a Larrabure de recuperar su libertad a cambio de brindar información para la fabricación de armamento y explosivos. “Él no. La libertad con este precio, no. A ese precio, no”, afirmó Figueroa. También resaltó que el coronel habló de perdonar a quienes lo mantenían cautivo, aun cuando en sus escritos describía las condiciones de su encierro y el odio que percibía de quienes lo custodiaban.
Figueroa también puso el foco en otro mensaje atribuido a Larrabure dirigido al conjunto de la sociedad argentina. “Esta sangre inútilmente derramada los conmueva a pensar que somos capaces de hacer una Argentina sin interferencia de ningún tipo, pensando únicamente en la Argentina”, citó. Para el general, allí aparece una invitación a superar las divisiones que continúan atravesando al país.
“Los 70 ya fueron los 70. Lo que pasó, pasó. Ya no se puede seguir guerreando intelectualmente: yo tenía razón o no tenía razón”, planteó. En su interpretación, aquel período debe ser analizado como una experiencia de enfrentamiento entre argentinos de la que deberían extraerse enseñanzas. “Una pelea entre hermanos no se reivindica. Una pelea entre hermanos se sacan enseñanzas, se saca experiencia”, sostuvo.
Figueroa definió aquel período como una “guerra fratricida” y consideró que el desafío actual consiste en abandonar la confrontación permanente. “Se ha hecho parte de la cultura. Yo digo a veces que estamos en decadencia, vivimos en decadencia. Yo creo que hemos naturalizado la decadencia. Creemos que se puede vivir peleándonos entre nosotros”, afirmó.
En ese sentido, planteó que las diferencias son inevitables, pero que deben existir espacios para procesarlas sin convertirlas en enfrentamientos permanentes. “Uno tiene que aprender a vivir en la zona de conflicto”, señaló, antes de explicar su concepción sobre los límites del conocimiento humano: “Nosotros no tenemos la verdad absoluta. Eso sería una soberbia muy grande. Es decir, entre la verdad absoluta y la que mi capacidad me da, hay una zona de diferencia. Esa zona es la zona del conflicto, la zona de la discusión. Y ahí es donde tenemos que aprender”.
Al referirse a los testimonios reunidos para el libro, Figueroa aseguró que uno de los aspectos que más lo impactó fue descubrir que quienes efectivamente participaron de los enfrentamientos pudieron construir una mirada diferente sobre el otro. “Los que verdaderamente combatieron, los que usaron las armas, se perdonan, se conocen y comprenden al que estuvo enfrente”, afirmó.
“Me pasaba que iba a visitar a uno de un lado y otro de otro lado y se mandaban saludos. Comprendían al otro y decían: este no es el camino, vamos para adelante”, relató. El general explicó que por eso incluyó en el trabajo testimonios provenientes de distintos sectores. “Yo los conozco a todos y conocí grandes personas, grandes personas que seguramente fueron al tema de las armas equivocado. Para mí la violencia entre hermanos, la guerra fratricida, no es opción porque no tiene límite”, sostuvo.
También destacó el comportamiento de los hijos de personas que participaron o fueron víctimas de aquellos acontecimientos. “Uno escucha a los hijos y los ve, se encuentran, se reconocen”, dijo. Según Figueroa, incluso personas atravesadas directamente por la violencia de aquella época plantean la necesidad de “ir para adelante” y decir “basta”.
En contraste, cuestionó que quienes no participaron directamente de aquellos enfrentamientos continúen alimentando las discusiones. “Muchos, por el pico, por la boca, los mismos que a veces alentaban en aquella época, pero no tomaban ni un tenedor, siguen creando ambientes de discusión, de pelea y hacen que tan difícil sea en la Argentina lograr consensos”, sostuvo.
Para Figueroa, esa dificultad para construir acuerdos constituye uno de los principales problemas actuales del país. “Uno de los problemas más grandes de la Argentina es que no hay consensos básicos”, afirmó. Y puso como ejemplo cuestiones como la educación y las políticas que requieren continuidad más allá de una administración.
“No se trata de si un gobierno dura cuatro años y la elección, porque si no se cambia todo. No, ese es el problema. El país va a ser grande cuando cambien los colores de quienes nos gobiernan y siga habiendo una línea trazada hacia adelante en la cual vamos todos, con un horizonte común”, concluyó.