La periodista responsable del canal Israel a Diario analizó el complejo escenario político tras unas elecciones sin mayorías claras. La disputa por la ley de enrolamiento de los ultraortodoxos, el crecimiento de los partidos árabes y las dificultades para construir alianzas mantienen abierta la posibilidad de una nueva convocatoria electoral.

“Realmente está complicado. Y lo que sucedió con Trump terminó de complicar la situación”, describió la periodista Roxana Levinson al analizar, en diálogo con la 99.9, el escenario político de Israel después de unas elecciones en las que ningún espacio consiguió la mayoría necesaria para formar gobierno.
La responsable del canal Israel a Diario explicó que el presidente israelí inició la tradicional ronda de consultas con los representantes de los partidos que ingresaron al Parlamento, quienes deben recomendar a quién consideran que debería recibir el mandato para intentar formar una coalición. El candidato elegido tendrá 28 días para conseguirlo, con una posible prórroga de otros 14. Si fracasa, el presidente podrá encomendar la tarea a otro diputado y, si tampoco se alcanza un acuerdo, el propio Parlamento tendrá la posibilidad de proponer un candidato. “Si nada de eso funcionó, habrá que convocar a nuevas elecciones”, señaló.
En ese contexto, Levinson indicó que buena parte de los representantes partidarios está recomendando al líder opositor, Gadi Eisenkot, para que sea el primero en recibir el mandato. Sin embargo, advirtió que eso no garantiza que pueda construir una mayoría. “Puede ser muy bueno o muy malo, porque las cosas están todavía muy indefinidas. Hay mucho que negociar. Históricamente, cuando la situación está tan reñida, al primero le cuesta más formar gobierno”, sostuvo.
Uno de los movimientos que más llamó la atención fue la decisión de uno de los partidos ultraortodoxos de no recomendar ni a Benjamin Netanyahu ni a Eisenkot. Para Levinson, la explicación está directamente vinculada con la discusión por el servicio militar obligatorio. “Eso tiene una sola explicación y un solo motivo, que es el tema de la ley de enrolamiento, que para los ultraortodoxos es la ley de no enrolamiento”, afirmó.
La periodista recordó que, después de las elecciones anteriores, Netanyahu había prometido a los partidos ultraortodoxos impulsar una legislación que eximiera a los jóvenes de esa comunidad del servicio militar. Sin embargo, el primer ministro no cumplió con ese compromiso y fue dilatando el tratamiento. “Hizo muchas maniobras, estiró todo el proceso y en algún momento se cortó la cuerda por el lado más débil, que es este partido que se llama Yahadut Hatorah, que tiene a su gente encima y reclamándole”, explicó.
Levinson puso el conflicto en perspectiva al recordar el esfuerzo que realizó buena parte de la sociedad israelí durante los tres años de guerra. “Muchísima gente aquí hizo 500 días, 600 días de servicio en la reserva, y los ultraortodoxos nada”, remarcó. La discusión adquiere mayor dimensión por el peso creciente de esa comunidad, mientras aumenta el cuestionamiento de otros sectores de la sociedad que sí deben cumplir con las obligaciones militares.
No obstante, la periodista reconoció que comienzan a observarse cambios dentro de la propia comunidad ultraortodoxa y que algunos jóvenes están incorporándose voluntariamente al Ejército. Consideró que la última guerra tuvo influencia en ese proceso, aunque también destacó las adaptaciones que está realizando la institución militar para facilitar su integración.
“El propio ejército está adaptando algunas estructuras y ofreciéndoles espacios donde también pueden rezar, donde tienen la tranquilidad y la seguridad de que la comida, por ejemplo, es la comida que ellos comen, porque cumple con todo el reglamento religioso”, detalló. También mencionó la existencia de unidades preparadas especialmente para evitar que deban compartir determinados espacios con mujeres y respetar otras normas de su práctica religiosa.
Sin embargo, advirtió que el cambio todavía es incipiente y que quienes deciden incorporarse pueden enfrentar el rechazo de su propia comunidad. “Muchos de ellos, por ejemplo, tienen que cambiarse el uniforme para entrar al barrio donde viven, para no ser atacados. Eso todavía también pasa”, contó.
La dificultad para construir una coalición no se limita a la relación entre Netanyahu y los partidos ultraortodoxos. Según Levinson, los distintos dirigentes quedaron condicionados por las promesas que hicieron durante la campaña electoral. “Los candidatos aquí están como entrampados en sus propias promesas, son víctimas de sus propias palabras. El que dijo que no va a formar nunca gobierno con los partidos árabes, ni con apoyo externo de los partidos árabes, el que dijo que nunca va a integrar un gobierno con Binyamin Netanyahu, y cada uno hizo sus propias promesas”, describió. Y sintetizó el problema: “Ahora, o alguien incumple una promesa o no hay gobierno”.
En ese tablero también adquirieron un protagonismo especial los partidos árabes, que tuvieron un importante desempeño electoral y una elevada concurrencia a las urnas. Levinson explicó que su representación puede resultar decisiva para que Eisenkot intente formar un gobierno en minoría, con apoyo externo de esos espacios.
La periodista detalló que, una vez que el candidato comunica al presidente que logró conformar una coalición, debe someterse a la sesión de investidura en la Knéset. Para obtener el voto de confianza no necesita necesariamente alcanzar los 61 diputados, sino conseguir más votos afirmativos que negativos. “Con lo cual, si los partidos árabes votan a favor, se abstienen o se retiran de la sala, Eisenkot podría formar gobierno con apoyo externo”, explicó.
De todos modos, Levinson consideró que el panorama continúa abierto y que las negociaciones podrían extenderse durante meses sin alcanzar un resultado. “Todo parece indicar que sí”, respondió al ser consultada sobre la posibilidad de nuevas elecciones. Mientras tanto, Netanyahu seguirá al frente de un gobierno provisional, en un escenario atravesado por las diferencias internas, las promesas electorales y la dificultad de reunir los apoyos necesarios para garantizar la gobernabilidad.