China parece fuerte, pero la vida en el país cuenta otra historia

Todos los lunes por la mañana, los conmovedores acordes del himno nacional chino llegan a mi apartamento de Pekín desde la escuela primaria que hay al otro lado de la calle. Jóvenes estudiantes uniformados se forman en hileras ordenadas en un patio de recreo recién cubierto de césped mientras la bandera china se eleva en un mástil. Las calles cercanas están bordeadas de macetas con flores, árboles de ginkgo y carteles de propaganda que exhortan a los ciudadanos a amar a su nación.

Durante gran parte de mi vida, esa directiva me había parecido superflua. La economía china estaba en auge y nos sentíamos orgullosos de nuestro país.

Hoy, a muchos de nosotros nos resulta más difícil convocar ese orgullo. Detrás del orden de la vida cotidiana, subyace una silenciosa desesperación. En las redes sociales y en las conversaciones privadas, hay un estribillo común: la preocupación por el desempleo, los recortes salariales y llegar a fin de mes.

Los chinos viven hoy una extraña paradoja.

Internacionalmente, China parece fuerte. Es el único rival de Estados Unidos en términos de poder para moldear el mundo. La reciente reunión entre el presidente Donald Trump y el presidente chino Xi Jinping, en la que ambos líderes anunciaron una tregua en la guerra comercial, ha alimentado esta narrativa, que Pekín se complace en promover: una nación resistente y unida frente a los desafíos externos.

Esa musculosa fachada se resquebraja aquí, en China, donde la desesperación ante la disminución de las perspectivas económicas y personales es generalizada. Este contraste entre un Estado seguro de sí mismo y su cansada población queda plasmado en una frase que los chinos utilizan para describir su país: “wai qiang, zhong gan”, traducida aproximadamente como “exteriormente fuerte, interiormente frágil”.

Ahora, muchos sienten que las mismas políticas estatales que han hecho que China parezca fuerte en el exterior los están perjudicando. Ven a un gobierno más preocupado por construir una influencia global y dominar los mercados de exportación que por abordar los problemas de sus hogares. La represión estatal lanzada hace varios años contra el sector privado es ampliamente señalada como responsable del deterioro de los medios de subsistencia de la clase media, incluso cuando se canalizan recursos financieros hacia industrias que el gobierno considera más importantes desde el punto de vista estratégico, como los vehículos eléctricos, la energía solar y la construcción naval. Mientras tanto, el control mundial que China se ha asegurado sobre el suministro y procesamiento de elementos de tierras raras ha provocado la contaminación del aire y del suelo en el país.

Actualmente, existe un sentimiento de amarga ira entre la población por ser las víctimas sin voz de la obsesión del Estado por el poder mundial y por vencer a Estados Unidos. Es probable que ese sentimiento aumente. El plan quinquenal más reciente —el anteproyecto de prioridades económicas del gobierno—, publicado el mes pasado, deja claro que planea dar doble prioridad al poder nacional sobre el bien común.

En abril, mientras se intensificaba la guerra arancelaria con Estados Unidos, un editorial del Diario del Pueblo sostenía que Pekín puede resistir el acoso estadounidense gracias a ventajas sistémicas como la capacidad de China para centralizar recursos y volcarlos en la consecución de objetivos nacionales. La reacción en internet no se hizo esperar. Mientras el gobierno presume, señalaba una publicación viral en las redes sociales, las luchas cotidianas como encontrar trabajo, poner comida en la mesa y educar a los hijos están “plagadas de dificultades”. Ganar la guerra comercial con Estados Unidos significa “prepararse para sacrificar a parte del pueblo”, escribió el autor. Los censores no tardaron en bloquear la publicación y otras similares.

Hace años, los chinos habrían aplaudido un editorial del Diario del Pueblo como ese por el nacionalismo reflexivo que el gobierno ha inculcado durante décadas. Hoy, ese patriotismo se ve casi ahogado por quienes se quejan de los problemas a los que se enfrentan.

El desempleo juvenil es tan alto que el año pasado el gobierno cambió su metodología de cálculo, de forma que arrojó una cifra más baja. Incluso la nueva cifra sigue siendo alarmantemente alta. Se calcula que unos 200 millones de personas se las arreglan con carreras precarias en una economía bajo demanda. Los consumidores, muchos de los cuales han visto mermado su patrimonio neto debido al persistente desplome del mercado inmobiliario, están recortando el gasto, lo que atrapa a la economía en una espiral deflacionista.

La sensación de inseguridad económica está llevando a la gente a renunciar al matrimonio y a fundar una familia, lo que agrava el declive demográfico nacional. La frustración popular también agudiza la división entre los que tienen y los que no tienen, y endurece el resentimiento público contra quienes, según se percibe, transforman las conexiones económicas o políticas en oportunidades, mientras que la mayoría de la gente enfrenta perspectivas cada vez menores. Y se cree que los problemas de salud mental van en aumento, como demuestra la oleada de apuñalamientos indiscriminados y otros ataques violentos de los últimos dos años.

Parece claro que Pekín ya no puede contar con un patriotismo visceral para respaldar su postura cada vez más asertiva en el extranjero. En septiembre, cuando el Partido Comunista Chino organizó un fastuoso desfile militar para conmemorar el 80 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, mucha gente se preguntó en voz alta por qué no se invertía ese dinero en resolver las dificultades de la gente común.

Recientemente, el gobierno empezó a tomar medidas enérgicas contra el contenido de las redes sociales que consideraba “excesivamente pesimista”, una clara señal de que le preocupa que este malestar público debilite su agenda. Pero reprimir las críticas en lugar de abordar sus causas solo servirá para profundizar la desconexión con el pueblo y poner a prueba el equilibrio que el Estado ha intentado establecer entre sus prioridades de política exterior y el apoyo interno que tanto ansía.

China ha prosperado durante mucho tiempo bajo un contrato social tácito: el Partido Comunista concedía al pueblo más libertad para mejorar sus medios de vida a cambio de obediencia política. Para muchos chinos, el gobierno ya no cumple su parte del trato.

Cuando Xi asumió el poder en 2012, dio esperanzas al pueblo chino con su mantra, tantas veces repetido, “el Sueño Chino”: una promesa de prosperidad compartida a través de la fortaleza nacional. En los últimos años, esa frase ha ocupado un lugar menos destacado en los mensajes del gobierno.

El Estado podría decir que se debe a que gran parte de su visión se ha hecho realidad. Lo más probable es que el Partido Comunista comprenda que esa retórica ahora suena hueca entre una población que está viendo cómo se desvanecen sus sueños.