El bioquímico e investigador del CONICET explicó en la 99.9 el desarrollo del adenovirus AR-2015, una herramienta terapéutica creada en Argentina para tratar tumores colorrectales. Detalló el mecanismo de acción, el estado de la investigación, las necesidades de financiamiento y la situación crítica de la ciencia nacional.

El Dr. en Bioquímica de la UBA e investigador del CONICET, Eduardo Cafferatta, dialogó en la 99.9 sobre un avance científico de impacto global: el desarrollo del adenovirus AR-2015, un virus modificado genéticamente para atacar específicamente células de cáncer colorrectal. “Utilizamos un adenovirus similar al del resfrío, pero modificado para que solo infecte y destruya células tumorales, sin afectar tejidos sanos”, explicó. Se trata de uno de los tumores más mortales del mundo, y el proyecto lleva entre 10 y 20 años de investigación en etapas sucesivas.
Cafferatta relató que el desarrollo comenzó con un análisis bioinformático para identificar diferencias entre células normales y tumorales. “Buscamos genes muy expresados en tumores y casi ausentes en células sanas. Reemplazamos el promotor original del virus por uno de esos genes tumorales. El virus entra en una célula normal y desaparece; entra en una célula tumoral, se activa, se replica y la elimina”, detalló. El equipo comprobó el funcionamiento desde la mesada del laboratorio hasta modelos animales, combinando el virus con drogas usadas en clínica —como oxaliplatino y 5-fluorouracilo— y observando mejoras en la respuesta y una reducción de las recaídas.
El investigador subrayó que el proyecto avanza hacia una etapa decisiva: el salto a estudios en humanos. “Falta la experiencia clínica. Ya está demostrado que es bien tolerado y que no produce efectos secundarios más allá de un cuadro gripal. Pero ahora tenemos que cumplir todos los estudios regulatorios para avanzar a la fase 1, que evalúa bioseguridad y toxicidad”, explicó.
Sobre la protección intelectual de la tecnología, confirmó: “La patente está presentada. Tenemos un año de protección para incorporar nuevas mejoras. CONICET y el Instituto Leloir forman parte de esa patente”. Sin embargo, señaló que el obstáculo principal es económico: “Un ensayo clínico puede costar entre 500 mil y un millón de dólares. Con la situación económica, quienes colaboraban perdieron aportantes”.
El desarrollo contó con el apoyo de una startup y, especialmente, de la ONG AFULIC de Río Cuarto, que permitió financiar etapas clave del proyecto. Cafferatta también reconoció a su equipo de trabajo, integrado por unas doce personas entre investigadores, médicos del Hospital Udaondo y del Eva Perón de San Martín, y colaboradores externos.
Consultado sobre el contexto general de la ciencia argentina, el investigador fue contundente: “CONICET hoy paga sueldos, pero no financia proyectos. La Agencia está en reestructuración y no hay aportes. Nos sostenemos con subsidios del exterior, universidades y ONGs”. Destacó además la rigurosidad del sistema científico: “Somos evaluados permanentemente por pares. Si dos informes seguidos se desaprueban, quedamos fuera del sistema. Sin fondos es difícil publicar y avanzar”.
Aun así, reivindicó la vocación del sector: “Hay colaboración entre institutos, hospitales, universidades. La ciencia argentina sigue produciendo pese a todo”.