Siete mil horas bajo alarmas antiaéreas: crecer en Ucrania con la guerra como rutina

Miles de niños han vivido con el sonido ensordecedor de las alarmas antiaéreas durante más de nueve meses, sin descanso. Esto les ha provocado trastornos y graves consecuencias para su salud mental.

Imagínese pasar 7.000 horas seguidas bajo un ruido ensordecedor y que en cuanto suena tenga que buscar un lugar seguro donde esconderse. Un sonido agudo y prolongado, semejante al de una ambulancia que es la antesala de algo, seguramente, mucho peor.

Esas 7.000 horas equivalen a nueve meses y medio, más que un embarazo. Ese es el tiempo que han pasado los niños ucranianos de la zonas cercanas al frente y en la región de Kiev bajo el sonido de las sirenas de forma constante desde que empezó el conflicto, justo hace cuatro años, según el análisis de los datos oficiales sobre las sirenas de alerta.

En el resto de Ucrania, los niños en Ucrania han soportado unas 4.000 horas de alarmas antiaérea de media, lo que equivale a más de cinco meses y medio de alertas constantes desde el inicio del conflicto en febrero de 2022, según denunció la semana pasada Save The Children,.

Estas alarmas advierten de un previsible ataque aéreo. Alertan a la población civil, a través de una aplicación en el teléfono, si lo que está por llegar es un dron, un avión, un misil… Puede sonar varias veces al día y cuando suena, las familias, con sus hijos, deben decidir si se refugian en sótanos, bodegas o estaciones de metro con poco o ningún acceso a agua, electricidad o calefacción.

«Si estamos en casa y escuchamos explosiones, vamos al pasillo. Tenemos un colchón allí; si hay bombardeos por la noche o por la mañana, vamos y lo llevamos. Para mí está bien dormir en el pasillo, ya estoy acostumbrada al colchón, porque duermo allí todo el tiempo», explica Anastasiia, una niña de 8 años. Su voz es suave y tranquila. Nadie diría que esta niña lleva media vida viviendo una guerra. Ella y su familia (sus padres y su hermano mayor Bohdan, de 9 años) se vieron obligados a abandonar su pequeña ciudad natal, en la región de Zaporiyia, y trasladarse a la capital administrativa, también llamada Zaporiyia. Esta urbe estaba algo más alejada del frente, pensó la familia, y además, solo lo veían como un traslado temporal. Hoy, su ciudad natal está ocupada, el apartamento donde vivían completamente destruido y comienzan el quinto año de desplazados forzosos por la invasión rusa de 2022.

Una fuente de terror
Los drones rusos han convertido el cielo ucraniano en una absoluta fuente de terror para los ucranianos, sobre todo para los más pequeños. Las sirenas, que pueden durar desde unos minutos hasta varias horas o más, impiden con frecuencia que los niños vayan al colegio. Se estima, según un estudio de la organización Save the Children, que el 50% de las alertas se producen a última hora de la tarde o por la noche, lo que priva a muchos de un sueño reparador y de la sensación de cierta seguridad.

A esto, hay que sumarle las complicadas condiciones de vida por la falta de electricidad que afecta diariamente a centros de salud, hospitales, colegios, hogares…. Esta situación «hace que la vida sea simplemente imposible con temperaturas de menos 20 grados», señala Enrico Vallarta, coordinador general de Médicos Sin Fronteras en el este de Ucrania.

Distinguir entre drones y misiles
«A veces los drones pasan volando cerca de nosotros», dice Bohdan, «a veces nos escondemos en el pasillo y a veces la luz parpadea. Eso significa que hay explosiones en algún lugar. Hay bombardeos fuertes, como con misiles balísticos, bombas guiadas, drones que volaban sobre nuestra casa…» Parece increíble que un niño de nueve años sepa diferenciar entre vehículos no tripulados, bombas guiadas, misiles balísticos… pero es con lo que ha crecido.

Veronika, madre de los dos niños, también se sorprende de esa capacidad de Bohdan. «Puede distinguir por el sonido si es un dron o un misil», explica. Pero lo que más preocupa le preocupa es la salud mental de sus hijos. «En casa, los bombardeos ocurren a menudo y no siempre estamos en el refugio. Los niños tienen miedo, están ansiosos, preocupados… Es una tensión emocional constante. Los adultos lo sienten, pero los niños lo hacen de manera más profunda».

En el último trimestre de 2025 se produjo un aumento de la duración de las alarmas, lo que ha provocado que muchos niños desarrollen trastornos gastrointestinales o enfermen con frecuencia, además de afectarles gravemente a su salud mental. Yana, que trabaja en el Espacio Amigo de la Infancia, asegura que todos estos diagnósticos «son psicosomáticos, debido a que los niños se encuentran constantemente en un estado de nerviosismo y su cuerpo intenta protegerlo lo mejor que puede».

Cuidando la salud mental
Por eso, gran parte del esfuerzo de organismos humanitarios se ha centrado en cuidar la salud mental de los más pequeños. «A los cuatro años de guerra hay que sumarle el año de la pandemia, por lo que los niños ucranianos llevan seis años de aislamiento, sin ver a sus amigos», explica Sonia Khush, directora de Save the Children en Ucrania. Desde Kiev, Khush asegura que los niños, «a pesar de no participar en la guerra directamente, son los que están pagando el precio más alto».

«A los cuatro años de guerra hay que sumarle el año de la pandemia, por lo que los niños ucranianos llevan seis años de aislamiento«

Ya en 2024 se documentó que cuatro de cada diez niños sufrían angustia psicosocial y que algunos han desarrollado defectos en el habla y espasmos incontrolables, mientras que otros tenían pesadillas terribles e incluso gritaban mientras dormían.

Todos estos síntomas hacen casi imposible seguir un curso escolar de manera regular. Las escuelas han tenido que adaptarse al escenario de la guerra: la gran mayoría está en refugios profundos para proteger a los menores de los bombardeos. «Hay niños que jamás han estudiado con la luz del día», dice Khush. Pero para Veronika, es la única posibilidad de que sus hijos estudien. «Aunque estudiar bajo tierra está lejos de ser normal, les proporciona algo esencial: una sensación de seguridad. En el refugio no se escuchan explosiones.

En esta situación es muy difícil imaginar un futuro para estos chicos y chicas. La simple pregunta de qué les gustaría ser de mayores, a la que la mayoría de los niños de su edad responderían: médico, profesor, futbolista, los menores ucranianos responden: «Solo quiero que la guerra se acabe».