Un deterioro ideológico brutal

La epidemia de violencia en las escuelas no cede y los verdaderos responsables nos toman de idiotas, pidiendo que miremos para otro lado.

El video es brutal. El hecho se dio en la Escuela Secundaria N°38 «Rodolfo Walsh», a metros de 11 de Septiembre y Chaco: un alumno le exige a un compañero que le ceda el banco, éste se niega y el primero lo toma del cuello, lo tira al piso y le empieza a dar patadas en la cabeza. Nahuel, catorce años, terminó internado con fracturas en la nariz y el maxilar. La ambulancia no llegó. El padre lo trasladó por sus propios medios. Luego, declaró que ya el año anterior ya había advertido por escrito sobre lo que estaba pasando. «Me la pasé firmando actas», dijo. Recién después de la golpiza hubo respuestas.

No es un caso aislado: en Mar del Plata, durante todo 2025, se relevaron 245 episodios de violencia en escuelas. En apenas el primer trimestre de 2026, todavía sin cerrar, ya se contabilizan 240, es decir, casi los mismos números del año anterior, condensados en apenas tres meses. Detrás de esas cifras hay una alumna con discapacidad atacada por una compañera en la Escuela Municipal N°204, una docente agredida en la Primaria N°73, y el antecedente de noviembre en la Primaria N°21 del barrio Jorge Newbery, donde una denuncia escaló hasta una patota golpeando a una madre dentro del establecimiento. No es un clima, es un patrón.

Lo mismo sucede en todo el país: el 30 de marzo, en la ciudad santafesina de San Cristóbal, un adolescente de quince años entró armado a su escuela y mató a un compañero. Fue el primer tiroteo escolar con una víctima fatal en la Argentina en más de dos décadas. A esto le siguió una ola de amenazas replicadas en baños, en grupos de WhatsApp, TikTok e Instagram, de provincia en provincia. Más de seiscientas denuncias en San Isidro en apenas dos días. Alertas en Mendoza, Córdoba, Tucumán, Entre Ríos, Buenos Aires. Buscar un único culpable —«la familia», «la escuela», «las redes»— es un error: la violencia que estalla en un aula casi nunca tiene una causa única. Tal como indican los propios docentes de la Escuela Nº 38 en su comunicado, la escuela es hoy una caja de resonancia.

Todo se pudre aún más cuando algunos vivos tratan de usar estos sucesos como munición política. Buena parte de las declaraciones que circularon en estas semanas —comunicados gremiales, definiciones de funcionarios, líneas bajadas a las escuelas— no describen el fenómeno, sino que lo encuadran ideológicamente. La conducción de SUTEBA, orgánicamente afín a la gobernación, y a la propia gestión bonaerense, intentó endilgarle esta emergencia social y multicausal a un único responsable: el Gobierno nacional. El ministro Andrés Larroque, se refirió a «el flagelo de un modelo liberal». Omiten que la educación es responsabilidad de las provincias y que las escuelas donde ocurrieron estos hechos —la 38, la 73, la 21— son provinciales. Dependen de la Dirección General de Cultura y Educación que conduce Alberto Sileoni, bajo Axel Kicillof. Son provinciales los equipos de orientación escolar, la infraestructura, los gabinetes, la política de convivencia y el protocolo de actuación. La Provincia tiene a su cargo 4.700 escuelas secundarias y 1.700.000 estudiantes. No es una observadora externa del problema: es la responsable directa.

Existe una Ley de Convivencia Escolar, la 26.892, que obliga a talleres preventivos y jornadas de sensibilización. Existe una guía provincial de intervención. Existe, desde diciembre de 2025 y aprobada por unanimidad en nuestro Concejo Deliberante, la mesa «Escuelas libres de violencias», impulsada por la oposición tras los incidentes de la Primaria N°21. Instrumentos hay. Lo que falta es asignarles recursos reales, y que cada nivel del Estado —Nación, Provincia y Municipio— rinda cuentas de la parte que le toca, en lugar de pasarse la factura.

Hay un dato que no se puede pasar por alto: en un relevamiento a más de mil trescientos adolescentes, casi uno de cada cuatro respondió que, cuando atraviesa una situación de violencia, no habla con nadie. Ni con la familia, ni con un amigo, ni con un docente. Los estamos dejando solos, y desamparados.