Investigadores de la University of Wisconsin–Madison analizaron datos de casi 1.200 personas y experimentos en animales. El trabajo, publicado en Nature Communications, apunta a un compuesto bacteriano como posible blanco para futuras terapias. La palabra de uno de los científicos a Infobae.

Una sustancia producida por bacterias del intestino apareció como una pista en la búsqueda de factores que podrían influir en el desarrollo del Alzheimer. Un equipo de la University of Wisconsin–Madison encontró que niveles elevados de imidazole propionate, un compuesto generado en el sistema digestivo, se asocian con señales biológicas vinculadas con demencia y con un deterioro cognitivo más veloz.
Hasta ahora, una de las preguntas centrales en este campo era de qué manera los cambios en la microbiota intestinal podían afectar el cerebro, siendo que la microbiota es el conjunto de microorganismos que viven en el cuerpo, sobre todo en el intestino, y que participan en procesos como la digestión y el equilibrio del organismo.
Sin embargo, todavía faltaba identificar con mayor precisión qué elementos concretos podían intervenir en ese vínculo. En diálogo con Infobae, Federico Rey, profesor de bacteriología de la University of Wisconsin–Madison y uno de los autores del trabajo, explicó que el equipo investiga si ciertos compuestos producidos por bacterias intestinales pueden pasar a la sangre y llegar al cerebro.
Una de las hipótesis es que incluso podrían atravesar la barrera hematoencefálica, la estructura que lo protege y regula qué sustancias ingresan: “Podrían tener efectos directos”, resumió el experto. En ese contexto, un estudio publicado en la revista Nature Communications abrió una posible vía para futuros tratamientos orientados a reducir el riesgo o ralentizar el deterioro cognitivo.
Una pista concreta en la relación entre intestino y cerebro
La investigación retoma una línea de trabajo iniciada hace casi 10 años. En ese momento, los equipos de Barbara Bendlin y Federico Rey observaron que las comunidades de microbios presentes en el intestino de personas con Alzheimer no coincidían con las de personas sin la enfermedad.
Con esa base, el nuevo estudio identificó a la imidazole propionate, también llamada ImP, como una candidata para explicar parte de esa relación. Se trata de un metabolito, un término técnico que se refiere a una sustancia producida durante las reacciones químicas del cuerpo o de los microbios.
En este caso, algunas bacterias la fabrican al usar histidina como fuente de energía. Ese aminoácido es esencial para el organismo porque integra los componentes que el cuerpo necesita para formar proteínas y debe obtenerse a través de la alimentación.
La universidad señaló que no todas las personas tienen el mismo perfil intestinal. Rey explicó a Infobae que “las bacterias que producen ImP están presentes en una gran proporción de las personas, pero en la mayoría no son muy abundantes”. El investigador agregó otro punto relevante: “Pero algo que hemos aprendido con los años es que un microbio no necesita ser abundante para tener un impacto en el huésped”.
Según se detalla en el estudio, el compuesto ya había sido vinculado con otros problemas de salud, como diabetes tipo 2 y enfermedad coronaria. “La observación que nos motivó a explorar esto en profundidad fue ver que el imidazole propionate estaba asociado con deterioro cognitivo en personas en su mayoría sanas, sin evidencia clara de enfermedad de Alzheimer”, dijo Rey a Infobae.
Los resultados del trabajo sugieren que esa influencia existe, al menos en parte, y que puede observarse tanto en modelos animales como en personas.
Qué mostró el estudio en animales y en voluntarios
Uno de los ejes de la investigación consistió en evaluar qué ocurría cuando ImP llegaba al cerebro de ratones. Allí los científicos observaron una mayor acumulación de dos proteínas asociadas desde hace años al Alzheimer: beta-amiloide y tau.
La beta-amiloide es un fragmento proteico que puede agruparse en placas, como depósitos que se acumulan donde no deberían estar. Tau, en cambio, ayuda en condiciones normales a sostener la estructura interna de las neuronas, pero al alterarse puede enredarse y dejar de cumplir su función.
El comunicado institucional resumió ese efecto en animales con una frase directa. “Ese proceso finalmente provoca la muerte de neuronas, una característica central de la enfermedad de Alzheimer en los seres humanos”, sostuvo Rey. De acuerdo con el trabajo, esa observación respalda la hipótesis de que una sustancia originada en el intestino puede influir en cambios cerebrales asociados con enfermedades neurodegenerativas.
En otra etapa del análisis, el equipo se centró en personas. Los investigadores midieron la presencia de ImP en sangre en casi 1.200 participantes incluidos en el Wisconsin Registry for Alzheimer’s Prevention y en estudios del Wisconsin Alzheimer’s Disease Research Center.
Después compararon esos valores con indicadores biológicos y con resultados de evaluaciones mentales tomadas a lo largo del tiempo. La asociación encontrada mostró que quienes tenían niveles más altos del compuesto presentaban con mayor frecuencia señales relacionadas con alteraciones de proteínas y de neuronas vinculadas con demencia.
Ese hallazgo también apareció reflejado en el rendimiento cognitivo: “Como contamos con los resultados de pruebas cognitivas que estos voluntarios realizaron a lo largo del tiempo, podemos ver que las personas con los niveles más altos de ImP también experimentaron un deterioro cognitivo mucho más rápido”, afirmó Rey.
En otras palabras, las personas con más cantidad de esta sustancia en circulación tendieron a empeorar más rápido en pruebas que evalúan memoria y otras funciones mentales.
La posibilidad de un futuro tratamiento y sus límites
El estudio sumó además un dato genético. Los autores identificaron una variante presente en alrededor del 43% de los participantes, asociada con niveles mucho más altos de ImP en la sangre. De acuerdo con el comunicado institucional, una posibilidad es que esa diferencia afecte la capacidad de los riñones para eliminar el compuesto.
“Esa variación genética ya había sido asociada con un mayor riesgo de Alzheimer en grandes estudios genéticos, y ahora tal vez entendamos por qué está conectada”, señaló Rey.
La frase no implica que la relación esté cerrada ni que se haya probado un mecanismo definitivo, aunque sí aporta una explicación plausible sobre cómo podrían conectarse genética, metabolismo intestinal y riesgo de enfermedad.
Con estos datos, los investigadores propusieron que ImP podría convertirse en un objetivo de tratamiento. La dificultad es que el compuesto surge a partir de la histidina, un nutriente que el organismo necesita y que está presente en muchos alimentos, sobre todo en los que tienen muchas proteínas.
“En general, mejorar la dieta probablemente ayudaría”, afirmó Bendlin. La investigadora agregó además que “no es tan simple como decir ‘deje de comer huevos’ o ‘no coma tanta carne roja’, porque la histidina es necesaria y está presente en muchísimos alimentos”.
Esa aclaración deja en claro que el camino no pasa por eliminar por completo determinados alimentos. La comparación que propuso el equipo apunta más bien a un enfoque farmacológico. “Podría ser algo parecido al colesterol, cuando las personas con colesterol elevado toman un medicamento, una estatina, que reduce su riesgo de enfermedad cardíaca”, sostuvo Bendlin, según el comunicado institucional.
En tanto, Rey indicó a Infobae que “la opción más factible es el uso de un fármaco que actúe específicamente sobre las bacterias que producen ImP”. Además, señaló que “el hallazgo contribuye a la idea de que procesos periféricos, inflamación sistémica, alteraciones metabólicas, señales que vienen del intestino, del hígado o de la sangre pueden preceder por años, incluso décadas, a los síntomas cognitivos”.
Aunque todavía faltan estudios que confirmen si intervenir sobre este metabolito puede modificar el curso de la enfermedad en humanos, el hallazgo aporta una vía concreta de investigación en un campo donde durante años predominaron las hipótesis generales.