El psiquiatra y neurólogo cuestionó las limitaciones de la Ley de Salud Mental vigente y sostuvo que las urgencias psiquiátricas, las adicciones y los cuadros graves requieren estructuras y recursos adecuados. Advirtió que la discusión no debe quedar atrapada en una disputa ideológica entre psiquiatras y antipsiquiatras, sino centrarse en la posibilidad de brindar respuestas concretas a pacientes y familias.

El psiquiatra y neurólogo Enrique De Rosa analizó en la 99.9 la reforma de la Ley de Salud Mental y sostuvo que la normativa vigente no ofrece respuestas suficientes frente al crecimiento de las urgencias psiquiátricas, las adicciones y los cuadros de gravedad. A partir del caso de un joven de 21 años que sufrió un brote psicótico en Mar del Plata, agredió a una mujer, provocó daños en un hotel y terminó arrojándose al mar, planteó que detrás de los episodios que llegan a las noticias existe una problemática mucho más extendida.
“Lo grave es que eso que usted cuenta pasa todos los días. Obviamente no podría haber un medio que captara todos los casos que hay constantemente”, señaló. Y agregó que se trata de situaciones en las que intervienen personas que padecen enfermedades psiquiátricas y también quienes sufren las consecuencias de esos cuadros. “Los casos de homicidio han sido múltiples en este contexto”, advirtió.
De Rosa recordó que la Ley 26.657 fue sancionada en 2010 y posteriormente complementada, pero consideró que desde su implementación se acumularon dificultades para responder a las necesidades concretas del sistema. “Siempre hemos tenido problemas con las crecientes urgencias psiquiátricas, las adicciones y cuadros como este. Ni que hablar de cómo se fueron haciendo mucho más importantes, y luego el gran cataclismo que fue la época de la pandemia y la pospandemia”, expresó.
Para el especialista, el debate no debería quedar reducido a posiciones ideológicas. “El gran problema no es un tema de ideología, sino si sirve para la realidad de salud mental de una sociedad en un momento dado”, afirmó. Y utilizó una comparación para explicar su postura: “Usted puede tener el mejor programa de radio, pero si no le funcionan los sistemas de audio, la consola de sonido y las actualizaciones, y su programa no se escucha, no le sirve”.
En ese sentido, reconoció que la ley incorporó un principio fundamental, como el respeto por los derechos humanos de los pacientes, pero cuestionó que esa protección no haya sido acompañada por estructuras, recursos y mecanismos de intervención suficientes. “La Ley 26.657 instaura una cosa importantísima, que son los derechos humanos de los pacientes. Ahora, al mismo tiempo, al hacerlo teórico, dejó de lado cuestiones de la realidad práctica”, sostuvo.
De Rosa explicó que las restricciones a las internaciones involuntarias surgieron, entre otros motivos, para evitar abusos que habían ocurrido en el pasado, cuando algunas personas eran internadas para despojarlas de sus bienes o se vulneraban sus garantías. Sin embargo, consideró que no se puede construir una respuesta legal que termine impidiendo intervenciones necesarias. “No se puede hacer una ley opuesta a algo para evitar un delito. Hay que activar las razones positivas de una y otra instancia, como pasa en el resto de la medicina”, planteó.
Para ilustrar la necesidad de actuar con rapidez, comparó las urgencias psiquiátricas con la atención de una persona accidentada en la vía pública. “Cuando alguien tiene un accidente en la calle, el SAME lo pone en una camilla y lo traslada. No hay un comité en ese momento de junta, porque el tiempo, esa hora o esa media hora, puede indicar la vida de una persona”, señaló.
El médico también vinculó el aumento de estas situaciones con transformaciones sociales, consumo problemático de drogas, desocupación y precariedad laboral. Consideró que esos factores impactan especialmente en jóvenes que pueden llegar a la adolescencia con situaciones previas de vulnerabilidad. “Hay chicos que han tenido problemas de desnutrición y después el consumo problemático no es necesariamente porque realmente quieran hacerlo, sino porque no han tenido contención ni detección primaria”, explicó.
A partir de ese diagnóstico, insistió en que el sistema debe contar con herramientas para intervenir antes de que los problemas alcancen situaciones extremas. “Estamos viendo las crestas de las olas, pero esas crestas no son el mar. El mar es todo”, graficó, al señalar que los episodios que se convierten en noticias policiales representan apenas una parte visible de una problemática social y sanitaria mucho más amplia.
En otro tramo de la entrevista, De Rosa cuestionó que la discusión sobre la salud mental siga organizada alrededor de una supuesta confrontación entre psiquiatras y antipsiquiatras, o entre instituciones de internación y modelos alternativos. “No hay que entender que esto es una lucha entre psiquiatras y antipsiquiatras, entre manicomios y no manicomios. Lo que necesitamos son las estructuras adecuadas y herramientas para actuar en tiempo y forma, como hace el resto de la medicina”, remarcó.
El especialista recordó los movimientos de antipsiquiatría que se desarrollaron en Europa durante las décadas de 1960 y 1970, inicialmente como una reacción frente a los abusos cometidos en hospitales y asilos. Sin embargo, advirtió que los excesos deben ser abordados como delitos y no convertirse en el fundamento para desarticular herramientas de atención. También recordó la evolución de los tratamientos psiquiátricos y la incorporación de los psicofármacos, que modificaron profundamente las posibilidades terapéuticas.
“Ha habido una evolución. Seguir con estigmas del pasado y armar una ley en función de una fantasía, como si uno quisiera desarrollar una política de pesca porque vio un par de películas, es desconocer el tema”, afirmó.
Finalmente, De Rosa defendió la necesidad de que la salud mental sea abordada desde una perspectiva médica integral, con participación de otras disciplinas, pero sin perder de vista la evaluación clínica. “La salud mental es un tema médico que, por supuesto, incluye a otras profesiones. Al igual que un traumatólogo tiene kinesiólogos, nosotros tenemos psicólogos”, explicó.
Y concluyó con una comparación sobre la práctica médica cotidiana: “Cuando usted va a un médico porque le duele el pecho, le hace un electrocardiograma y un examen de laboratorio. Después, al final, puede decirle que está nervioso, pero primero le hace una evaluación completa. Todo eso, que es de sentido común, es lo que hay que volver a implementar”.