El partido distinto

Osde

Hay muchos clásicos en el fútbol mundial. Pero ninguno llega a tener el impacto social que el Superclásico genera, en un país que se detiene a esperar un resultado que condiciona muchas cosas.

River y Boca se enfrentaron 190 veces en Primera División. Desde el inicio del fútbol oficial en la Argentina, solo interrumpieron su misa laica en el oprobioso año en el que el Millonario paseó sus fracasos en el Ascenso para regocijo de sus clásicos rivales que, sin embargo, no podrán el domingo cantarle el hiriente “son de la B” con el que quedará estigmatizado por siempre.
DISCOEl primer superclásico de la historia se disputó el 24 de agosto de 1913, cuando River se impuso por 2 a 1 ante Boca. El equipo millonario ganó 62 veces y convirtió 249 goles, mientras que el xeneize lo hizo 69 veces y convirtió 262 goles. Empataron en 59 ocasiones. Y fue tal la rivalidad entre ambos, que solo 67 clásicos después del primero se encuentra un 0 a 0 que, para los fanáticos, sonó a fracaso de ambos conjuntos.
Para un hincha de los de la banda roja o para uno de la azul y oro, no lograr abrir el marcador suponía un pecado de tibieza que solo podía ser castigado en la forma en que ocurrió ese 16 de agosto de 1964: ambos fueron despedidos por una atronadora silbatina, pese a que Boca venía punteando un campeonato que al final ganaría y a que el secreto de su solidez estaba en la firmeza de una defensa que solo recibió 15 goles en treinta partidos, cuatro de los cuales se los había propinado Atlanta en la primer fecha.
Y aunque la delantera del futuro campeón no se caracterizaba por su potencia goleadora, el no poder vulnerar la valla de Amadeo era un fracaso, a pesar de la conveniencia de un resultado que mantenía a River lejos del enhiesto líder.
Un “millonario” que ese año lucía un poderío ofensivo envidiable, con goleadores de la talla de Artime, Onega y el juvenil y explosivo “Pinino” Más, que esa tarde cayeron mansamente en la telaraña defensiva que comandaba Silvio Marzolini y en la que “raspaba” fiero el Cholo Simeone.
El 0 a 0 -resultado demostrativo de pobreza futbolística, si los hay- era posible en cualquier partido, menos en un Boca-River.
¿Cómo se llega a semejante grado de compromiso? ¿Qué hay detrás de esos colores que en sí mismos agotan el arco iris de la pasión futbolera de la Argentina? ¿Qué fue lo que convirtió a los clásicos rivales en los dos clubes más grandes del país? ¿Por qué Boca y River se han metido hasta en el corazón futbolero del lugar más lejano y pequeño de nuestro territorio?
Imposible saberlo, amén de innecesario. En todos los órdenes de la vida humana hace falta que quede un lugar resguardado para la magia y el Superclásico.  Y su historia contiene mucho de ese misterio que lo hace distinto en el mundo entero.
Ambos clubes son inmensos. Y más allá de cualquier circunstancia coyuntural, están muy por encima de todas las instituciones colegas. Pero en algún momento, todos arrancaron del mismo punto; y sin embargo, solo dos llegaron a la cumbre de la pasión popular.
Por más de un siglo, “ese domingo” es el más esperado, el irrepetible, el único capaz de torcer todo lo que ocurra durante el resto del año. Porque no importa que River sea el campeón si perdió con Boca, y pierde peso cualquier lauro de los de la ribera si su tradicional Rival termina festejando un triunfo en el enfrentamiento entre ambos.
Los dos saben que todo importa; pero el clásico, más.
Tal vez la explicación se encuentre en el origen común, muy atrás en el tiempo. Y aunque hoy cueste creerlo, Boca y River nacieron en una cuna compartida, el barrio porteño de La Boca, y se fueron haciendo grandes de a poco entre dificultades y carencias. Y esa rivalidad de barrio los convirtió en “enemigos íntimos” en tiempos en los que el fútbol era considerado despectivamente como “ese juego traído por los ingleses” y estalló hasta lo que es hoy, cuando se convirtió en el deporte nacional por excelencia.
Allá en La Plata, “triperos y pincharratas” terminaban cada encuentro en verdaderas batallas campales. En Rosario, “canallas y leprosos” se cacheteaban hasta cuando se trataba de jugar un partido solidario. Y en Avellaneda, “rojos y académicos” dirimían entre goles y balazos cuestiones que muchas veces pasaban más por la política que por el deporte.
Más al centro, los de Boedo y los de La Quema hacían de la pelota y el campo de juego una manera algo más civilizada (muy poco) de resolver el abismo social que existía entre quienes tenían la protección de los salesianos y aquellos otros, miserables y arrabaleros, que rondaban el basural de Parque Patricios para lograr sobrevivir.
Política, exclusión, rivalidad barrial… Un cóctel llamador de enfrentamientos que nunca podían superar el ámbito geográfico del barrio o la ciudad.
Menos Boca y River. Ellos dos sí. Ellos dos fueron de entrada “el país”, los pobres y los ricos, los cultos y los brutos, los padres y las madres, los radicales y los peronistas, los civiles y los militares, los justos y los pecadores, los hombres y las mujeres; todos.
Fueron y son el sello de un país futbolero hasta la médula, que languidecería en la pasión si ambos desaparecieran de la escena nacional.
¿Tiene sentido Boca sin River? Seguramente, no. ¿Tiene razón de existencia River sin Boca? Ninguna.
Por eso, cuando esta tarde suene el silbato mágico que nos anuncie que la pelota comenzó a rodar, disfrutemos de esta ceremonia única e irrepetible que esas camisetas nos permiten vivir pocas veces en el año, pero que proyectan el resultado tanto tiempo como sea menester para que vuelvan a encontrarse.
Tal vez hoy Amadeo no gambetee a Borillo ni el negro Valentín deje desairado al mítico arquero. Seguramente, Diego no va a postrar de rodillas al Pato Fillol ni el Beto Alonso pondrá al Loco Gatti a caminar tres veces dentro del arco buscando esa maldición anaranjada que se le escapa de las manos.
No veremos al Enzo desairando bosteros ni a Rojitas humillando gallinas.
Pero algo pasará, seguramente algo pasará. Porque ni siquiera es necesario que ello ocurra dentro de la cancha ni que tenga nombre y apellido de crack alguno.
Solo bastará con que once camisetas blancas partidas por una banda sangre y otras tantas azules coronadas por el oro de una historia inigualable, se encuentren en el Monumental para que el cielo futbolero se abra y Dios en persona reclame su derecho a ocupar un palco que le permita ver lo que allí está pasando.
Que es el octavo día de la Creación, es Boca-River. A disfrutarlo…