Francia bajo una ola de calor histórica: “Es algo que no hay palabras para explicar”

La argentina radicada en París, Albertina Piterbarg, describió en la 99.9 el impacto de las temperaturas récord que atraviesa Francia. Habló de hospitales saturados, rutas cerradas por el asfalto derretido, industrias afectadas y una sociedad que todavía no logra adaptarse a un fenómeno que hace apenas dos décadas era excepcional.

La histórica ola de calor que atraviesa gran parte de Europa golpea con especial fuerza a Francia, donde las temperaturas extremas ya generan consecuencias sanitarias, económicas y de infraestructura. Desde París, la argentina Albertina Piterbarg relató en la 99.9 un escenario que calificó como «bastante apocalíptico».

«Es algo que no hay palabras para explicar lo que es el calor que hace. Han sido los días más calurosos en la historia de Francia desde que comenzaron a medir la temperatura. Realmente es increíble y muy difícil«, señaló. La situación, explicó, mantiene «una alerta sanitaria muy importante, con hospitales saturados, eventos que se están suspendiendo y rutas que no se pueden utilizar porque se ha derretido el asfalto».

Uno de los fenómenos más llamativos es precisamente el deterioro de la infraestructura vial. «Hay varias rutas provinciales que han tenido que cerrar porque no se puede circular. El asfalto está hecho como un chicle y se pega a los neumáticos», describió.

Piterbarg explicó que la escasa presencia de equipos de aire acondicionado en buena parte de Francia responde mucho más a una cuestión cultural que tecnológica. «Europa nunca sufrió tanto calor como ahora o en los últimos veinte años. El francés es muy fiel a sus costumbres y los cambios no le resultan fáciles. El tema del calor es bastante nuevo para Francia», indicó.

Según explicó, las grandes olas de calor comenzaron a convertirse en un problema serio recién a partir de 2003. «Si mirás las estadísticas, en los años 80 esto no pasaba. La primera gran ola de calor que los golpea de lleno es la del 2003 y después otra en 2005. Recién ahí comenzaron a hacer cambios, sobre todo en protocolos para geriátricos», recordó.

Aquella tragedia, que dejó cerca de 15.000 muertos, marcó un antes y un después. «Hoy el problema de las muertes en geriátricos ya no es el mismo. Aprendieron mucho de lo que pasó en 2003 y evolucionaron en esos protocolos», aseguró.

Sin embargo, la adaptación al calor extremo todavía presenta enormes limitaciones. «El tema del aire acondicionado es algo para lo cual la sociedad francesa no está preparada, por lo menos en centros urbanos como París, Lyon o Bordeaux. En el sur de Francia es más normal, pero en el norte todavía no», explicó.

La resistencia también responde a razones ambientales. «París tiene calles angostas y se hizo el cálculo de que, si un 70% de las viviendas tuviera aire acondicionado, el calor en la vía pública aumentaría entre dos y tres grados por el aire caliente que expulsan los equipos. Además está todo el aspecto ecológico vinculado al gasto energético», comentó.

En ese contexto conviven dos posturas. «Tenés un grupo más ecologista que dice que el aire acondicionado es una catástrofe y otro que también sostiene que no hay que instalarlo. Lo cierto es que no es un país adaptado a los grandes calores», resumió.

Las consecuencias también alcanzan al sector industrial. «Las fábricas automotrices o de la industria aeroespacial son enormes galpones preparados para la lluvia, con techos transparentes que dejan pasar la luz. Cuando hace calor hay 45 grados adentro y no pueden trabajar ni las personas ni las máquinas», explicó, remarcando que el fenómeno también tiene un fuerte impacto económico.

Incluso las construcciones más recientes presentan limitaciones. «Yo vivo en un edificio nuevo, construido con todas las normas modernas de aislamiento, pero no tiene prevista la instalación de aire acondicionado porque la normativa no lo permite. Los vecinos que viven en los últimos pisos realmente la están pasando mal», afirmó.

Respecto de la respuesta estatal, destacó que Francia aprendió mucho tras la tragedia de 2003. «Existe un protocolo de alerta por canícula. En los hospitales funciona el Plan Azul, que permite contratar más personal y reforzar los servicios. Las municipalidades tienen censos de personas que viven solas y voluntarios que las llaman por teléfono o las asisten», explicó.

También mencionó la creación de centros de refrigeración para personas vulnerables. «En mi ciudad hay lugares con aire acondicionado donde los adultos mayores pueden ir, les dan bebidas y, si no pueden movilizarse, los pasan a buscar. Las ambulancias ahora llevan grandes cantidades de hielo para tratar rápidamente los golpes de calor y evitar accidentes cerebrovasculares».

No obstante, advirtió que siguen produciéndose situaciones evitables. «El otro día una señora murió en una cama de hospital por el calor. También han muerto chicos encerrados en autos, animales encerrados y personas que salen a correr con 45 grados. Estaba escuchando la televisión y repetían: ‘Por favor, no salgan a hacer deporte'».

Para Piterbarg, muchas de esas conductas responden a que el fenómeno todavía no está incorporado en la cultura francesa. «No está en el ADN cultural francés el tema del calor, como sí ocurre en España. Allí no hace falta explicarle a nadie ciertas cosas; acá todavía no lo tienen internalizado. Hay más conciencia con los adultos mayores, pero la gente joven sigue haciendo muchas tonterías», concluyó.