Policías birmanos huyen del país tras negarse a disparar a sus compatriotas

Muchos agentes han escapado a países vecinos después de desafiar las órdenes de la junta militar.

(Protestas, Incendio, Golpe de Estado, Birmania) EFE/EPA/SANGZUALA HMAR

Disparar contra los suyos o huir. Ante este dilema se enfrentan muchos policías birmanos tras el golpe de Estado, y algunos, desafiando las órdenes de sus superiores, deciden escapar y cruzar la frontera a países vecinos como la India.

“Se nos ordenó disparar a los activistas del movimiento de desobediencia civil, pero no podíamos disparar a nuestros propios parientes que organizaban una manifestación pacífica. Así que desafiamos la orden del Ejército, no teníamos otra opción, tuvimos que huir”, explica el policía birmano Vanlal, de 25 años.

Ahora Vanlal (nombre cambiado al igual que el resto de entrevistados para preservar su anonimato) se oculta en una aldea de la montañosa región india de Mizoram, fronteriza con Birmania, acompañado de su familia y un grupo de policías birmanos temerosos ante una posible repatriación, algo que supondría la cárcel y una más que probable pena de muerte por deserción.

“Me ordenaron disparar a los manifestantes, a mi propia gente. Sostenía un rifle de asalto G3 y sabía perfectamente de lo que es capaz de hacer si les disparaba. No pude”, insiste el joven, que se unió en 2018 a las fuerzas de seguridad, oculto en una casa de acogida.

Ese día Vanlal y otros de sus compañeros se convirtieron en fugitivos. Era la tarde del 3 de marzo y tras desafiar las órdenes corrió a buscar a su mujer y a su bebé de nueve meses para esconderse en un bosque hasta que, con ayuda de activistas del movimiento civil, cruzaron al día siguiente la frontera.

La India comparte con Birmania 1.643 kilómetros de frontera y de ellos más de 500 kilómetros corresponden solo a Mizoram, con una población unida a sus vecinos birmanos de las colinas Chin por una tradición y etnia común y, a veces, incluso lazos familiares.

Esta cercanía cultural ha movilizado a las poblaciones fronterizas indias que, desoyendo las órdenes de Nueva Delhi de no acoger a refugiados birmanos, se han organizado para darles cobijo, y protegerlos de la represión militar y policial desatada desde el golpe del pasado 1 de febrero y que ha dejado más de 270 muertos.

Al frente de esa movilización civil en Mizoram está la Asociación de Jóvenes Mizo (YMA), que calcula que hasta diez aldeas de la región a lo largo de la frontera han acogido a más de 500 refugiados, muchos de ellos miembros de las fuerzas de seguridad.

“Compartimos lo que tenemos, hasta que sea seguro para ellos regresar. Es nuestro deber darles lo que necesiten”, explica un presidente local de la YMA, que prefiere mantener el anonimato. El líder de la organización insiste: “Temían por sus vidas, así que huyeron y buscaron nuestra ayuda. Les ayudaremos”.

Los policías birmanos huidos a esta zona remota en el distrito de Champhai temen ahora ser deportados por la India, que no forma parte de la Convención de los Refugiados de 1951.

“Nos hemos enterado que el Gobierno indio ha emitido órdenes para deportarnos, así que sólo nos queda rezar. Si nos deportan moriremos, nos dispararán, e incluso si tenemos la suerte de escapar a la muerte, nos espera la persecución y al menos 13 años de rigurosa prisión”, lamenta Dutbik Chung, otro policía birmano.

En su huida hacia Mizoram, los policías y otros birmanos han contado también con la ayuda de la guerrilla étnica del Ejército Nacional Chin (CNA), el brazo armado del Frente Nacional Chin, que desde 1988 lucha en la clandestinidad por la causa de esta minoría.

El autodenominado “Gobierno legítimo” de Birmania, formado por diputados electos, pidió la semana pasada el apoyo contra la junta militar de guerrillas étnicas como el CNA, cuya principal reivindicación es una mayor autonomía de sus regiones.

La policía Hinleisung, de 23 años, se vio también obligada a abandonar a toda prisa la región birmana de Chin, dejando a su bebé de nueve meses detrás, para evitar ser capturada por el ejército.

Cuando se enteraron, la guerrilla se infiltró en su poblado y rescataron al bebé, que volvió a los brazos de Hinleisung tras la mediación de una ONG. “Si una madre deja atrás a un bebé de nueve meses, te puedes imaginar lo que está pasando ahí fuera”, relata la joven policía, evitando dar más detalles.