El investigador independiente del CONICET y la Universidad Austral, Santiago Resett, analizó en la 99.9 los resultados de un estudio realizado con 848 adolescentes argentinos sobre retos virales y uso problemático de redes sociales. Advirtió que la falta de acompañamiento adulto, el escaso uso de controles parentales y la ausencia de políticas públicas convierten al fenómeno en un problema de salud que sigue subestimándose.

Un estudio realizado sobre 848 adolescentes argentinos puso en evidencia la relación entre la participación en retos virales difundidos en redes sociales y mayores niveles de uso problemático de Instagram e Internet. El investigador independiente del CONICET y de la Universidad Austral, Santiago Resett, explicó en diálogo con la 99.9 que el fenómeno es parte de una problemática mucho más amplia que el equipo viene analizando desde hace una década.
«Nosotros ya desde hace diez años venimos trabajando en adolescentes y distintas problemáticas actuales. Empezamos con el bullying, después el uso de la tecnología nos llevó a abordar el ciberbullying y, a partir de ahí, distintas problemáticas relacionadas con el uso de redes sociales, las apuestas y los retos virales. Son nuevas problemáticas que surgen por el uso inadecuado de celulares y redes sociales», indicó.
La investigación se desarrolló con estudiantes secundarios de Paraná, Entre Ríos, de entre 11 y 17 años, pertenecientes principalmente a sectores medios. Según explicó, se trata de adolescentes «típicos» que utilizan redes sociales desde edades muy tempranas.
Resett advirtió que uno de los principales problemas es que «muchas veces son los mismos padres los que introducen a los chicos en el uso de la tecnología», entregándoles un celular a los ocho, nueve o diez años o permitiéndoles crear perfiles en redes sociales sin supervisión. «Hay muy poco conocimiento y muy poco uso de los controles parentales. Incluso muchos padres desconocen redes como Snapchat o Discord», afirmó.
Para graficar la situación, utilizó una comparación contundente: «A los padres les pregunto: ¿lo dejarías salir solo a la calle con nueve o diez años? Me dicen que no, por el peligro, porque lo puede chocar un auto o por la inseguridad. Bueno, Internet es exactamente eso. Hay contenidos peligrosos y hay que acompañarlos para que no entren en contacto con ellos».
Consultado sobre las restricciones que comenzaron a implementar países como Australia para limitar el acceso de menores a las redes sociales, consideró que la prohibición por sí sola no alcanza. «Las redes sociales a los 14 o 15 años siguen siendo un ámbito donde los adolescentes están muy expuestos a la presión de pares, a los retos virales y a contenidos muy agresivos y sexualizados. No se trata sólo de prohibir, sino de crear mejores filtros para verificar la edad y trabajar con la familia y la escuela», explicó.
En ese sentido, sostuvo que el uso compulsivo de redes sociales funciona como una puerta de entrada hacia otros problemas. «Nosotros vemos que el uso excesivo y sin monitoreo de los adultos va llevando a las apuestas online, al ciberbullying, a los retos virales y muchas veces al consumo compulsivo de pornografía. Es como el cigarrillo que termina llevando a otras drogas», comparó.
Para el investigador, la respuesta debe construirse a partir de la educación más que únicamente mediante sanciones. «Es como el tránsito. No ordenás las calles solamente con multas, porque nunca alcanzan. Hace falta educación vial. Con las redes sociales ocurre exactamente lo mismo: prevención, acompañamiento y educación, primero con los padres, después con la escuela y finalmente con los adolescentes».
Sin embargo, Resett fue especialmente crítico respecto del rol del Estado. «El gran actor que está faltando es el Estado. No sólo para capacitar a docentes y familias, sino porque ni siquiera tenemos un buen diagnóstico de la situación», afirmó.
Según explicó, todavía no existen estadísticas nacionales consistentes sobre estas problemáticas. «No sabemos realmente qué pasa en cada provincia, a qué edades empiezan a consumir estas plataformas, cuáles son las redes más utilizadas. Estamos en pañales. No tenemos datos concretos de bullying, ciberbullying, apuestas o adicción a la pornografía. El primer paso es saber qué está pasando y por qué está pasando; después recién actuar».
Finalmente, advirtió que el uso excesivo del celular continúa siendo minimizado socialmente, pese a sus consecuencias sobre la salud física y mental. «Las redes sociales y el celular pueden convertirse en una adicción como cualquier otra y están causando estragos, tanto en adultos como en menores», aseguró.
Como ejemplo, describió una escena que observa cotidianamente en las escuelas: «Antes de que toque el timbre ya están sacando el celular. Toca el timbre y ni siquiera salen al recreo. Los padres se alarman si ven a un hijo de once años borracho, pero no cuando pasa ocho o nueve horas con el celular o se queda hasta las dos o tres de la mañana conectado. Eso genera sedentarismo, problemas de sueño y falta de atención».
También defendió la necesidad de establecer reglas claras sobre el uso de los teléfonos en las aulas. «No estoy en contra de las nuevas tecnologías; son fantásticas y bien utilizadas tienen enormes beneficios. Pero el celular es un distractor permanente. Antes, si un docente te encontraba leyendo una revista o jugando con un mazo de cartas en clase, te lo retiraba. Imaginate lo que representa hoy un celular. No alcanza con decir que lo guarden en la mochila porque, apenas el docente se da vuelta, lo vuelven a sacar».