El investigador superior del CONICET y la UBA, Walter Farina, explicó en la 99.9 el desarrollo de un sistema que permite entrenar abejas mediante perfumes sintéticos para mejorar la polinización de cultivos. Destacó que la tecnología, fruto de más de tres décadas de investigación, ya se utiliza en distintos países y puede incrementar significativamente el rendimiento agrícola.

Después de más de 30 años de investigación, un equipo de científicos de la Universidad de Buenos Aires y el CONICET logró desarrollar una tecnología que permite entrenar colonias completas de abejas para dirigirlas hacia cultivos específicos y mejorar la eficiencia de la polinización. El responsable del proyecto, el investigador superior Walter Farina, explicó en la 99.9 cómo surgió un trabajo que hoy ya tiene aplicación comercial en distintos países.
“Hemos trabajado más de 30 años en este proyecto”, señaló Farina, al explicar que el origen de la investigación estuvo en comprender el comportamiento social de las abejas y su extraordinaria capacidad para aprender y recordar olores florales.
“El interés inicial era entender la capacidad que tiene un insecto tan social como la abeja de aprender claves del ambiente, como los olores florales”, indicó. Esa habilidad, explicó, no se limita a cada individuo, sino que se comparte dentro de toda la colonia. “Esa información se puede transmitir a otros cuando regresan de las flores y transfieren el néctar que recolectaron. En esos contactos se produce una evaluación del alimento, de cuán rico en azúcar es y qué olores tiene. Allí se conforma una memoria olfativa muy estable, que puede durar muchos días”.
A partir de ese descubrimiento surgió una pregunta que terminó dando origen a la innovación: “Ver si podíamos entrenar toda una sociedad completa para que vaya lo más pronto posible hacia el cultivo de interés”.
Farina destacó la enorme importancia que tienen las abejas para la producción de alimentos. “Hoy podemos decir que un tercio de la producción agrícola mundial depende de los polinizadores”, afirmó. Además, recordó que muchos cultivos de alto valor nutricional y económico “dependen exclusivamente de las abejas”.
Sin embargo, aclaró que no alcanza con que existan polinizadores. “El rendimiento se beneficia si las abejas realizan una polinización eficiente, es decir, si visitan muchas flores y transfieren el polen entre flores macho y hembra para conformar los frutos”.
La utilidad del trabajo también alcanza a los ecosistemas naturales. “Más del 90% de las flores silvestres dependen de los polinizadores y lamentablemente cada vez hay menos biodiversidad producto del calentamiento global, la antropización y la tecnología agrícola”, advirtió.
Respecto de la aplicación práctica del desarrollo, el investigador explicó que el equipo diseñó perfumes sintéticos que imitan el aroma de las flores de distintos cultivos.
“Desarrollamos perfumes sintéticos muy simples que las abejas confunden con el olor floral del cultivo de interés, como girasol, manzano o pera”, detalló. Cuando esos aromas se incorporan al jarabe azucarado con el que se alimentan las colmenas destinadas al servicio de polinización, las abejas son inducidas a concentrar su actividad sobre el cultivo deseado.
“Las abejas van directamente hacia la flor del cultivo y no hacia otro lado, y eso aumenta significativamente el rendimiento”, explicó.
Lejos de tratarse de un experimento de laboratorio, Farina aseguró que la tecnología ya se encuentra en funcionamiento. “Hoy es una realidad”, sostuvo. La patente pertenece a la Universidad de Buenos Aires y al CONICET y fue licenciada de manera exclusiva a la empresa BeeFlow, que actualmente trabaja no sólo en Argentina, sino también en Chile, Brasil, Perú, México y Estados Unidos.
Para el investigador, comprender cómo funciona una colonia de abejas permitió desarrollar una herramienta concreta para mejorar la productividad agrícola y, al mismo tiempo, reforzar el papel fundamental que cumplen los polinizadores en la conservación de la biodiversidad.