
Hay guerras que se libran a miles de kilómetros de distancia y, sin embargo, se sienten en cada carga de combustible en cualquier estación de servicio del planeta.
La ofensiva angloisraelí contra Irán, iniciada el 28 de febrero pasado, y el consecuente cierre del estrecho de Ormuz —por donde transitaba el 20% del petróleo mundial— provocaron una enorme disrupción del mercado energético a nivel global. El Brent, que cotizaba en torno a los USD 73 antes del ataque, tocó un máximo histórico de USD 118,35 el 31 de marzo y, siete meses después de iniciada la guerra, sigue anclado por encima de los USD 100: esta semana operó entre USD 102 y USD 109, con una suba de casi 27% en apenas un mes. En Estados Unidos, el diésel marcó el jueves 17 de septiembre un récord histórico de USD 6,4 por galón, un 78% más que los USD 3,52 de enero.
A ese cuadro se sumó un frente inesperado: el bombardeo iraní contra la refinería de Ras Tanura, en Arabia Saudita, el 2 de marzo, y los daños posteriores sobre la planta Pearl GTL de Catar y la petroquímica de Baréin, que provocaron la escasez de los aceites base Grupo III, insumo de los lubricantes sintéticos premium para motores de alto rendimiento. Esas tres plantas del golfo Pérsico concentran, según la Independent Lubricant Manufacturers Association, el 44% de la oferta mundial del producto. Gabriella Twining, de Argus Media, advirtió que las reservas podían agotarse «en un mes», y los fabricantes ya anunciaron subas de hasta USD 5 por galón.
En nuestro país, la nafta acumula un aumento de hasta 27% desde el estallido del conflicto y el gasoil, uno cercano al 23%, según Economía y Energía. La Argentina quedó en el puesto 24 entre 124 países relevados por Global Petrol Prices, gracias al «amortiguador» que YPF sostiene desde marzo. Hoy, el salario promedio alcanza para 901 litros de nafta por mes, un 15% menos que hace apenas un año.
El presidente de YPF, Horacio Marín, apenas estalló la guerra, atribuyó la suba a un desequilibrio real de oferta y demanda —«hay 15% de la oferta del mundo que no está llegando a los mercados»— y anunció que la petrolera solo trasladaría al surtidor un 10% del impacto mientras la situación fuera transitoria, mediante un buffer de precios de 45 días para evitar sobresaltos. Meses después, con el crudo en baja por las tratativas de paz, fue igual de directo al advertir que la empresa no bajaría las naftas en la misma proporción en que las había subido.
Por su lado, Chile vivió el costado más crudo del shock: en marzo, el flamante gobierno de José Antonio Kast anunció, a través de su ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, un alza de $370 por litro para todas las gasolinas y de $580 para el diésel —el mayor salto en 46 años—. El economista Jorge Hermann, de la Universidad de Chile, dijo en declaraciones vertidas ante el micrófono del periodista Tomás Mosciatti, de Radio Bío-Bío que la nafta internacional había subido «cerca de un 50%» en apenas tres semanas. Mosciatti no dudó en calificarlo como la primera gran crisis del joven gobierno trasandino.
Para Argentina, esta crisis puede ser una oportunidad. Marín lo resume a su manera cuando repite que «YPF es la argentinidad al palo»: una frase publicitaria, sí, pero que esconde una apuesta concreta: Vaca Muerta.
Solo resta ver si nuestro país podrá alzarse esta vez a la altura de semejante desafío.