Los tres discursos que le firmaron el certificado de defunción a las Naciones Unidas

Sanae Takaichi, Javier Milei y Benjamín Netanyahu hablaron frente a la Asamblea General y dejaron en claro que el sueño nacido en 1945 ya murió.

La primera ministra de Japón —primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de su país— habló el martes 22 de septiembre y reclamó una reforma «urgente» del Consejo de Seguridad, cuya estructura sigue reflejando el equilibrio de la posguerra, y describió al organismo como víctima de una «fatiga institucional». Recordó que Rusia, miembro permanente con derecho a veto, usa esa prerrogativa en asuntos que involucran sus propias acciones en Ucrania, y concluyó que el Consejo «no funciona para la paz internacional». Además alertó sobre la cooperación militar entre Moscú y Pyongyang y advirtió por el estrecho de Ormuz, donde las interrupciones en combustibles, fertilizantes y material médico ya golpean a África y Asia. Un dato que pasó casi inadvertido: pidió eliminar de la Carta las referencias a los «Estados enemigos», una cláusula que, ochenta y un años después, todavía alcanza a su propio país.

Por su parte, el presidente Javier Milei, en su tercera intervención ante la Asamblea, definió a la organización como una estructura que sólo sirve para alimentar «una casta de parásitos» y colocó a Malvinas en el centro de la escena como prueba del fracaso, recordando la resolución 31/49 que hace medio siglo instó a las partes a abstenerse de introducir modificaciones unilaterales mientras la disputa siga abierta, y denunció el avance del proyecto Sea Lion en la Cuenca Malvinas Norte bajo licencias británicas. Dijo: «¿de qué sirve una resolución si durante décadas la contraparte puede actuar en sentido contrario y esa resolución queda intacta en los archivos, pero impotente frente a la realidad? No faltan palabras ni resoluciones, lo que falta es que tengan consecuencias porque una institución que no logra que su palabra pese sobre los hechos, pierde lo más importante: pierde su autoridad».

Mientras tanto, el jueves 24, Benjamín Netanyahu habló frente a una sala que decenas de delegaciones abandonaron entre abucheos. Su respuesta fue la de siempre, sin matices: invitó a los «cobardes morales» que quedaran a retirarse. Sostuvo que, de no haber destruido las instalaciones nucleares iraníes, «todos estaríamos muertos», pronosticó que la caída del régimen de Teherán es «solo cuestión de tiempo» y, fiel a su gusto por la puesta en escena, exhibió un dispositivo Starlink destinado a una delegación iraní que ni siquiera estaba presente. Negó que Israel cometa genocidio en Gaza, cargó contra Europa y reiteró que Cisjordania pertenece a Israel.

Tres tradiciones políticas que poco tienen en común —el conservadurismo japonés, el libertarismo argentino y la derecha israelí— llegaron por caminos distintos a la misma conclusión: la innegable obsolescencia de la Organización de las Naciones Unidas.