Ucrania: treinta y dos años de garantías traicionadas

La historia de la relación entre Washington y Kiev es una sucesión de promesas firmadas con pompa y abandonadas con discreción. No es el rasgo de un presidente ni de un partido: es una constante de la política exterior norteamericana que, a la hora de la verdad, siempre encuentra un motivo para llegar tarde, a medias o, directamente, nunca.

Vale recordar el origen. El 5 de diciembre de 1994, en Budapest, Ucrania aceptó desprenderse del tercer arsenal nuclear del planeta —unas 1.900 ojivas estratégicas— a cambio de que Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia se comprometieran a respetar su independencia, su soberanía y sus fronteras. Bill Clinton firmó junto a Boris Yeltsin y John Major. Sabido es que la diplomacia norteamericana se refugió después en la letra chica: el texto en inglés habla de «assurances» y no de «guarantees», seguridades y no garantías. Un matiz semántico que, veinte años más tarde, se pagó con Crimea.

En abril de 2008, en la cumbre de la OTAN en Bucarest, George W. Bush convenció a sus aliados de estampar una frase rotunda sobre Ucrania y Georgia: «Acordamos hoy que dichos países serán miembros de la OTAN». Sin calendario ni plan de acción —Berlín y París se encargaron de vaciarla—, la promesa quedó flotando; cuatro meses después, Rusia invadía Georgia. Cuando en 2014 Moscú anexó Crimea y encendió el Donbás, Barack Obama —con Joe Biden como vicepresidente— rechazó el pedido de armamento letal de Petro Poroshenko y le concedió 53 millones de dólares en vehículos, chalecos y visores nocturnos. El propio Poroshenko ironizó ante el Congreso que con frazadas no se gana una guerra.

Por su parte, Donald Trump —cuyo gobierno había habilitado en 2017 la venta de misiles Javelin— congeló en julio de 2019 unos 391 millones de dólares de ayuda militar aprobada por el Congreso, días antes de pedirle por teléfono a un recién asumido Volodímir Zelensky que investigara a Joe Biden y que trabajara con su abogado, Rudolph Giuliani. Le valió su primer juicio político. Ya en plena invasión, la mayoría republicana de la Cámara baja, que presidía Mike Johnson, bloqueó durante casi seis meses el paquete de 61.000 millones de dólares pedido por Biden; se aprobó recién en abril de 2024, después de que las tropas ucranianas abandonaran Avdiivka en medio de una crónica escasez de proyectiles.

El segundo mandato de Trump elevó el patrón a la categoría de método. El 28 de febrero de 2025, Zelensky fue reprendido en vivo en el Despacho Oval por Trump y el vicepresidente JD Vance; el 3 de marzo, Washington suspendió toda la ayuda militar —incluidas las armas en tránsito— y el director de la CIA, John Ratcliffe, confirmó la pausa en el intercambio de inteligencia. El grifo se reabrió recién cuando Kiev aceptó el alto el fuego propuesto en Arabia Saudita. En agosto, Vladimir Putin pisaba suelo norteamericano en Alaska por primera vez en una década.

Como si esto fuera poco, octubre de 2026 lo condensó todo. El 9, Trump anunció un acuerdo con Putin para comprar diésel ruso en plena campaña de medio término; Zelensky lo definió como «una decisión débil de socios fuertes», y seis senadores de ambos partidos —entre ellos la republicana Susan Collins y la demócrata Jeanne Shaheen— exigieron revertirlo. Al día siguiente, Trump sugirió que Ucrania se buscara «un nuevo líder que pueda hacer un acuerdo». Ese mismo mes dejó en suspenso las sanciones de una ley bipartidista contra Moscú que había promulgado un mes antes; su secretario de Estado, Marco Rubio, lo justificó como un «acto de equilibrio». Kiev denunció además cortes en Starshield —la versión militar de Starlink— y un bloqueo temporal de inteligencia; Rubio y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo desmienten.

El incumplimiento no tiene color partidario: lo firmó un demócrata, lo prometió un republicano, lo retaceó otro demócrata y lo usó como palanca, dos veces, un republicano. Tampoco es nuevo: en febrero de 2020, el enviado de Trump, Zalmay Khalilzad, firmó con los talibanes en Doha —con Mike Pompeo como testigo— la retirada de Afganistán sin el gobierno afgano; el 8 de julio de 2021, Biden juzgó «altamente improbable» que los talibanes tomaran el país. El 15 de agosto, Kabul cayó.

Al momento de escribir estas líneas, la ola demócrata del 3 de noviembre —la mayoría más amplia en la Cámara de Representantes desde 2008— le devolvió a Zelensky la esperanza de más asistencia, mientras Steve Witkoff y Jared Kushner se aprestan a mediar entre Kiev y Moscú en Abu Dabi, el 10 y 11 de noviembre. En la agenda figuran, otra vez, garantías de seguridad para Ucrania. Treinta y dos años después de Budapest, la misma palabra vuelve a la mesa.

Una garantía que se negocia dos veces no es garantía.