
Ocurrió lo previsible: Guillermo Montenegro retornará a la intendencia de la que nunca se fue del todo para poner —o intentar poner— orden en la administración y ver si puede arbitrar algún resultado positivo en la ya agobiante situación de inseguridad que atraviesa a la ciudad.
No vuelve con ninguna carta en la manga. No hay ningún plan para hacer bajar gendarmes dentro de la articulación con nación, ya que la ministro Monteoliva —quien le tiene una particular ojeriza tanto a Montenegro como a su alter ego Alejandro Rabinovich— ha señalado en la intimidad una y otra vez que el quilombo de Mar del Plata lo tiene que solucionar la provincia.
La constante catarata de puteadas de todos los colores que se repite constantemente en las redes deja en claro que, los que se comieron esta versión moderna del flautista de Hamelin, creyéndose el relato de que el «ex fiscal, ex juez, ex jefe de la policía metropolitana», el hombre que sólo dos años antes aseveraba que su lugar en el mundo era San Isidro y que se hizo de la intendencia asegurando que su despacho estaría en el COM, venía a terminar con la violencia en la ciudad, ya se avivaron de hasta qué punto todo era una farsa.
Ahora, el nuevo relato va a ser que, con el apoyo del Jefe de Gabinete, aunque Monteoliva no lo quiera, las fuerzas federales vendrán a Mar del Plata, lo que es un oxímoron porque en nuestra ciudad ya hay un generoso despliegue de Prefectura, con 250 agentes cuya presencia cuesta una moneda sin que haya ningún resultado visible en materia de seguridad.
En este contexto, Neme y su mandante Giri vienen parando hace ya dos meses la divulgación de un trabajo de campo que señala que la inseguridad golpea el flujo diario de turismo que recibe Mar del Plata, ya que el tema preocupa a los potenciales visitantes. El tiempo pasa, y nadie se ocupa seriamente del tema de cómo atraer el turismo. Allá por agosto de 1978, Mario Roberto Russak afirmó que «mucha gente en Mar del Plata tiene una excepcional vocación por la mediocridad». La afirmación sigue vigente, tanto que habría que hacerle un desagravio al ex comisionado.
Ser mediocre es comerse en silencio la frutilla agria que implica pasar por la situación infame de que un lloricón sin orgullo se vuelva a su banca así no más, sin ponerse siquiera colorado, y que el dúo depredador que se inventó una carrera a un ministerio nacional que nunca les ofrecieron, regrese a administrar la ciudad como si no hubiera pasado nada.
En Mar del Plata hay mucha gente notable que debe animarse a ejercer plenamente su rol de ciudadanos, diciendo en voz alta y clara lo que piensa, lo que siente y lo que quiere para nuestra ciudad.
