La esperanza de una Argentina posible

Hay un cambio enorme en marcha. Lejos de Adorni, del caso Libra y de otras delicatesen que a diario agita la prensa capitalina, hoy las inversiones vuelan. No es sólo petróleo y minería. Hay mucho más.

Sin ir más lejos, en esta semana se firmaron en Corrientes los acuerdos y contratos con el Estado para la inversión en materia forestal más grande de la historia, y no se trata de una declamación política: el proyecto de ARLUP en el Parque Industrial de Ituzaingó contempla una inversión cercana a los USD 2.000 millones.

Lo que se busca es la instalación de una planta de producción de celulosa de fibra larga de pino (fluff) con una capacidad estimada de entre 800.000 y 1.000.000 de toneladas anuales y un consumo proyectado de 5 millones de metros cúbicos de madera de pino. La iniciativa estará orientada principalmente a abastecer mercados internacionales, en línea con la creciente demanda global de productos derivados de fibras renovables.

Se trata de una de las inversiones industriales más relevantes de las últimas décadas en el país y representa un avance significativo en la industrialización del recurso forestal disponible, especialmente en la región del NEA, donde se concentra una parte sustancial de las plantaciones de pino. La posibilidad de transformar esta materia prima en productos de mayor valor agregado dentro del territorio nacional constituye un paso clave para fortalecer la competitividad de toda la cadena. La proyección da números de 13 mil empleos entre directos e indirectos. La provincia de Corrientes inicia el camino para dejar de ser una zona históricamente pobre.

La planta podría alcanzar niveles de facturación cercanos a los USD 900 millones anuales, reforzando su potencial como generadora de divisas en un contexto donde la expansión exportadora resulta estratégica para el país.

El proyecto prevé iniciar sus obras en 2026 y alcanzar su puesta en marcha hacia 2030. Desde el punto de vista tecnológico, la iniciativa contempla el desarrollo de una instalación de última generación, alineada con estándares internacionales en materia de eficiencia y sostenibilidad, aspectos cada vez más relevantes en el contexto de la bioeconomía global.

Por su lado, la industria petrolera prevé inversiones por unos US $90.000 millones en los próximos cinco años, que llevarían a que las exportaciones energéticas puedan alcanzar friolera de los US $28.000 millones anuales hacia 2030 y escalar hasta US $42.000 millones en 2035, desde los US $11.100 millones del año pasado, impulsadas por el desarrollo de Vaca Muerta. En el escenario más probable de los tres analizados (moderado, expansivo y acelerado), la producción de petróleo crecería de 810.000 barriles diarios en 2025 a 1,69 millones en 2035, mientras que el gas también se duplicaría. Este salto permitiría ampliar el superávit comercial energético y consolidar al sector como generador clave de divisas. El principal desafío será financiar las obras, expandir la infraestructura y contar con personal capacitado. Si los precios internacionales se mantienen altos, las exportaciones podrían ser aún mayores y superar los US $36.500 millones en 2030 y los US $53.500 millones en 2035.

La suma de las partes anuncia un futuro a corto plazo de empleo de alta calidad y oportunidades de negocios para pymes y minipymes en escala exponencial.