
Si sos persona de buena fe, la cita es obligatoria: al inicio de su gestión, Arroyo tuvo la intención de desmantelar la feria de las menesterosidades que aún funciona en la plaza Rocha. Se lo imposibilitaron dos concejales peronistas. Uno de ellos dijo (y el Ladrey News tituló): «hemos impedido la primera represión de Arroyo».
Esta semana, la administración actual celebra el desmantelamiento de otro cambalache vernáculo: la feria de la Bristol, un espacio que nació gracias al impulso de los hermanos José y César Lencina, quienes vieron en este emprendimiento la posibilidad de continuar con el legado de su padre, quien se dedicaba a regentear la venta callejera, mal llamada «ambulante».
En 2008, siendo gobernador Daniel Scioli, éste le entregó a su padre putativo el Gran Hotel Provincial, lo que desencadenó una búsqueda deliberada de sacar de esa zona a todo aquel que llevara adelante acciones de venta o espectáculos callejeros. Por cuenta y orden del galaico emprendedor, Adrián Alveolite —especialista en la conducta del gallinero, es decir, en defecarse en los de abajo—, fue uno de los que se dedicó con más ahínco a esta tarea. Viendo la tormenta en ciernes, los hermanos Lencina acudieron al habitual contertulio de reuniones en el Hermitage, buscando un punto de acuerdo con quien —como muchos— entendían que era (¿es?) el dueño de Mar del Plata. Es en ese punto, en donde aparece en esta historia Jorge «Carozo» Trujillo, quien extrañamente pasó, en estos años de democracia, de ser un bañero en Miramar a secretario general de la UOCRA. Él sentó a los dos hermanos con Aldrey y, allí, se forjó un acuerdo. El mismo, implicaba un pago en efectivo. Estamos hablando de muchísima plata.
Fallecido José Lencina, su hermano César se vio teniendo que participar de un juego de fuerza y prepotencia para el que nunca tuvo mucha madera. El liderazgo se inicia con acuerdos políticos, si no, es imposible. Y allí se suma a esta historia alguien que, justamente, había llegado a liderar la venta callejera en Mogotes: Walter Rivero. Recordemos que el actual intendente sustituto fue funcionario en el complejo de Mogotes así que, de esto, algo debe saber. Rivero no tardó mucho en correr a César Lencina y pasar a jugar de patrón de la vereda. Tal como suele decirse, fue «creciendo». Con peores modos que los de César, empujó un aumento en los valores que se pagaban para poder ser feriante, al tiempo que se rodeaba de matuchos encargados de darles un buen apriete a la gente que buscaba vender algo para sostenerse en la vida.
En el momento del primero operativo, cuando se decomisó la mercadería, una puestera de nombre Nora —quien vendía allí artesanías desde hacía cinco años— le señalaba a una radio que pagaba $800.000 mensuales para poder ocupar en la feria un espacio pequeño, aclarando que ese monto aumentaba de manera considerable en temporada alta. Pero un dato clave de su relato es que, si bien ella efectuaba ese pago religiosamente, no podía identificar con nombre y apellido a la persona a la que le entregaba el dinero. ¿Mala memoria? No. Miedo a una estructura mafiosa liderada por Walter Rivero y que, por décadas, ha gozado de la protección de Florencio Aldrey Iglesias.
