Último round

La tendencia autocrática del Gobierno central pone al país al borde de un enfrentamiento en el que se juegan aspectos fundamentales y recrea una pelea que nunca termina de zanjarse.

Aunque los protagonistas no lo quisieran, la pelea entre el Gobierno central y su par bonaerense va a terminar con ganadores y perdedores.

No puede ser de otra manera y no va a ser de otra manera.

Las actitudes desmedidas de Cristina y la sempiterna paciencia de Daniel Scioli son sólo tonalidades accidentales de una sorda disputa que viene desde la organización misma de Argentina como nación. Siempre Buenos Aires estuvo enfrentada al Gobierno central;  vale recordar que esa disputa alumbró la inestabilidad institucional del país desde la misma Ley de Capitalización en 1826, que comenzó un largo camino de tensiones y confrontación que llegó inclusive a superar en el tiempo al dictado de la Constitución de 1853 -que no fue reconocida por Buenos Aires- y a la unificación nacional de 1860. Entonces, la principal provincia argentina ingresa de pleno a la República, pero sigue resistiendo el desmembramiento territorial, que sólo verá luz en 1880 con la Ley de Federalización, que pondría fin formal a la larga lucha. Y decimos “fin formal” porque los resquemores seguirían por siempre vigentes, hasta nuestros días.

Y ello ocurre porque una desafortunada división política de la Argentina -basada más en pequeños caudillismos regionales que en una planificación mínima de las posibilidades reales de las nuevas provincias- condenó  a Buenos Aires a ceder una parte cada vez mayor de sus inmensas riquezas para sostener aquellos déficits y la apetencia sin final del Gobierno central.

Ya en las últimas décadas, la situación tornó insostenible. Durante el gobierno militar, como resultado de una interna feroz en el Ejército Argentino y con el objetivo de quitar base de sustentación económica al entonces gobernador Gral. Ibérico Manuel Saint Jean, comenzó un incesante traspaso de fondos bonaerenses a las arcas centrales.

Ello obligó al afectado mandatario a seguir la misma política de apropiación con los municipios bonaerenses, invirtiéndose entonces la pirámide federal consagrada por la Constitución y consolidando una nación unitaria que pervive hasta nuestros días.

Porque ciertamente, los turnos democráticos nada han hecho para volver atrás con esa distorsión y, por el contrario, han ido aumentando el centralismo fiscal hasta quedarse con más del 70% de la renta nacional, dejando el exiguo 30% para el funcionamiento de las provincias.

Fue durante la presidencia de Alfonsín cuando Buenos Aires cedió otro 6% de su ingreso, y aunque en alguna medida fue compensada con el Fondo de Reparación Histórica de $ 600.000.000 anuales en el turno de Carlos Menem, la explosión hiperinflacionaria de 2001, con la devaluación devenida de la pesificación asimétrica, licuó la compensación, al tiempo que continuaba con la exacción.

Ese centralismo se acentuó durante los gobiernos de ambos Kirchner, a punto tal que en la actualidad todas las provincias dependen de la buena voluntad nacional, que marcha al paso del grado de adhesión que los gobernadores tengan con la Presidenta.

¿Cómo no va a haber entonces ganadores y perdedores? Si en la pelea Cristina-Scioli se están jugando cosas mucho más importantes que la proyección personal de los contendientes.

Daniel Scioli está frente a una opción de hierro. O es el Candidato 2015, o es el Gobernador 2013. Hoy, aquí y ahora, ambas cosas a la vez aparecen como un imposible, pero a poco que se detenga a observar los índices de apoyo que le dispensa el electorado, como cuando comprenda que algunas maniobras subalternas (la candidatura de su esposa, por caso) son insuficientes para esconder cualquier realidad que demuestre su debilidad, se dará cuenta de que lo que tanto lo asusta e inmoviliza es sin embargo la más fenomenal posibilidad de concretar sus planes que su historia y la del país le han dado en los últimos años.

Karina, en una lista “cristinista”, no sólo sería un espejismo político sino también una ostensible claudicación que la gente no le perdonaría.

Deberá entonces definirse y obrar en consecuencia. O cede a las presiones del Gobierno central y entrega su futuro político a cambio de una asistencia financiera que le permita transitar los tiempos que vienen con relativa tranquilidad, renunciando a una eventual candidatura presidencial y dejando en manos del “cristinismo” la confección de las listas de diputados para la nación y para la provincia, o saca a relucir una firmeza de la que muchos dudan y le recuerda al Ejecutivo nacional que Buenos Aires concentra el 39% del PBI del país y que si decide enfrentarse puede poner al Gobierno central en una situación desesperante.

Efectivamente, un “no va más” del ex motonauta, presumiblemente acompañado por Córdoba, Santa Fe y tal vez el Gobierno de la C.A.B.A., significaría para las arcas centrales un agujero inmediato que asfixiaría cualquier maniobra tendiente a disimularlo.

Así las cosas, ambos tienen poder de fuego y también ambos padecen debilidades extremas. Porque una pelea entre estos gigantes terminaría por arrastrar al país a una situación de ingobernabilidad muy peligrosa, cuyo comienzo puede medirse pero cuyo final es impredecible.

Debería entonces primar el sentido común, algo que sería sumamente sencillo si tan sólo todas las partes respetasen la Constitución vigente en lo que tiene que ver con dos aspectos doctrinarios insalvables: la organización federal y la limitación reeleccionista.

Claro que en la ordalía de poder actual, ambas cosas parecen inalcanzables por la cerrada negativa de uno de los protagonistas.

A buen entendedor, pocas palabras.

Karina al poder

foto pag 6 bLa jugada que muchos le acercan al Gobernador tiene la vacuidad de todas las cosas de nuestra política. Como tantas maniobras –burdas, evidentes, groseras-, ésta tiene la característica universal de ponerse por sí sola en la evidencia pública.

Pretender que la Primera Dama encabece la lista de candidatos a diputados bonaerenses y le deje del segundo para abajo al cristinismo, maquillando con ello la derrota es, al menos, de una ingenuidad conmovedora. Scioli sólo podrá sobrevivir al indisimulado deseo de eyectarlo para siempre de la política y de la provincia –previo succionarle la mayor cantidad de votos posibles- si de una vez por todas acepta actuar con firmeza y le recuerda cara a cara a la Presidenta lo que puede pasarle al Gobierno central si Buenos Aires decide luchar en serio por sus derechos.

Sin los giros de Balcarce 50, la provincia tiene serios problemas para funcionar sin caer en la tentación de las cuasimonedas que, sin embargo, son una solución al menos momentánea.

Sin los impuestos recaudados en el territorio de la mayor jurisdicción argentina, el Gobierno central no puede funcionar ni doce horas.

Algún gobernador deberá algún día darse cuenta; algún gobernador deberá algún día pegar un portazo al centralismo que condena a los bonaerenses a una absurda pobreza, impropia de un distrito que genera el 40% de la renta total de la Argentina.

Y el gobernador que lo haga se convertirá, a poco de andar, en el natural ocupante de la Casa Rosada. Por peso, por fuerza y por prestigio.

Algo que la presencia de la buena de Karina en las listas de ninguna manera puede otorgarle al dubitativo ocupante del palacio platense.

 

El partido opositor

foto pag 6 cEn las últimas semanas, alumbró una fuerza opositora que acostumbra mostrarse en la política nacional cuando el poder comienza a oler a cadáver. Y es el peronismo, ese peronismo ubicuo y amoral que estuvo junto a Cafiero, a Menem, a Duhalde y a los Kirchner; el peronismo que puede disfrazarse de liberal o socialista pero jamás aceptará hacerlo de “segundo”. El que cuando le toca perder se esfuerza por derrocar al gobierno de su vencedor, tal cual pasó con Alfonsín y con De la Rúa. El peronismo que ya le bajó el pulgar a Cristina y que sólo la acompañará hasta la puerta de salida si acepta archivar sus sueños reeleccionistas. Si no, lisa y llanamente, le incendiará el país, para que algún peronista venga a salvarnos del desastre. Como siempre pasó… ¿O no?