Abusos contra las mujeres en las FARC: “El comandante me violó a los 11 años y me obligó a abortar tres veces”

Una joven ex guerrillera denuncia los abusos sexuales y los abortos forzados por parte de mandos de la guerrilla colombiana.

Durante seis meses conservó el feto de su hijo en un frasco con alcohol. Lo mantenía a escondidas en su morral, le gustaba conversar con él por las noches. “Cuando estaba sola en mi caleta, lo miraba, le decía lo triste y lo mal que me sentía por haberle perdido, le decía muchas cosas, qué sería si ya hubiera nacido. Mi ilusión era tenerlo y no me dejaron, y así muerto lo quería tener. Ellos nunca se dieron cuenta. Solamente lo veía yo”, rememora Vanessa, conteniendo el llanto. “En un combate lo perdí, fue mejor porque me quité ese dolor de encima de verlo todos los días, pero era un consuelo a la vez. Yo sé que desde el cielo me cuida”.
Tiene 23 años y con solo nueve ingresó a las FARC. Hace dos, antes de la firma del proceso de paz, decidió jugarse la vida y escapar de lustros de tormentos. Este mes dio un paso tan arriesgado como el anterior: se incorporó a la recién creada Corporación Rosa Blanca (@CorpoRosaBlanca), que agrupa a ex guerrilleras víctimas de abusos sexuales y abortos forzados, decidida a denunciar a un poderoso comandante de las FARC que cometió tales atrocidades. Vanessa, alias “Edna” en la guerrilla, quedó tres veces encinta y pese a que los dos primeros embarazos fueron producto de sendas violaciones, siempre quiso ser madre y nunca pudo. Su jefe le obligó a abortar.Ese mismo superior, alias “El Paisa”, de nombre Oscar Montero, comandante de la columna Teófilo Forero y cerebro del atentado al club El Nogal, fue el primero en violarla. El segundo, otro mando, alias “Edwin”. Hoy martes relatará su caso, impactante por tratarse de “El Paisa”, ante la plenaria del Senado.
“Cuando tenía 11 años, ‘El Paisa’ un día me tocó la cola, yo me puse brava y le dije que me respetara. Me cogió a las malas, me dio un beso y ahí empezó todo”, cuenta en un piso de Bogotá, que un defensor de derechos humanos cedió para la entrevista. “Otro día, que se quedó solo conmigo, empezó a morbosearme, a decirme cosas horribles”. Vanessa volvió a rechazarle. “Pues si no quiere por las buenas, será por las malas pero tiene que estar conmigo antes de estar con otro hombre”, fue la amenaza del comandante. Me puse a llorar y ahí me cogió a las malas. Me violó, hizo lo que quiso conmigo y entonces yo lloré tanto ese día que me dijo: nada de llorar cuando vaya al campamento, haga como si nunca hubiera pasado nada. Hice lo que él me dijo. Siguió abusando de mí hasta los 15 años”. Un año más tarde, con 16, “El Paisa” la trasladó a la zona de alias “Edwin”, que también abusó de ella.
Pese al trauma vivido, encuentra aún más difícil de superar los tres legrados que debió soportar. “A los 13 años fue el primero y era de ‘El Paisa’. Iba a cumplir tres meses, igual que el segundo. Yo me opuse y me pusieron algo en la comida y me dormí. Nunca quise abortar ni porque fuera violada. Cuando me despertaba, se siente uno destrozado, se coge hasta odio uno mismo, se siente cochino, se siente lo peor, no quiere vivir. Y tenía que seguir viviendo en esa pesadilla, seguir con ellos, eso es horrible”, relata con dolor. El que más le cuesta describir es el que engendró con su compañero, alias “Lulo”, un comandante con quien hizo planes de fuga para formar una familia.
“Tenía cuatro meses de embarazo, me empezaron a ver barrigoncita y me tomaron prueba de embarazo. Le pedí permiso a ‘El Paisa’ para tenerlo, le supliqué. ‘No viniste a las FARC a parir hijos, mañana mismo se le hace el legrado’, respondió. El médico llegó como a las 11 de la mañana. ¿Estás preparada?, preguntó. Yo me puse a llorar y él también lloró. ‘No estoy para esto, que Dios me perdone’, decía el médico. No sé si lo obligaron, porque era del hospital de Puerto Rico. No haga eso conmigo, rogué. ‘Yo tengo una orden, no puede pasar por encima’, decía. Como a las seis horas empezaron las contracciones, lloré mucho y como a las doce de la noche mi bebé se vino. Me dejaron verlo y luego lo metí en una botella de alcohol”.

Fusilamientos

Estaba en el colegio de Balsillas, población rural entre Huila y Caquetá, al sur de Colombia, el día que apareció una partida de guerrilleros reclutando menores de edad. A sus nueve añitos, a Vanessa, la cuarta de siete hermanos, le pareció una vida de ensueño. Sería comandante importante y tendría dinero. Se unió al grupo de escolares que marcharon ilusionados monte adentro. Las quejas de lugareños, preocupados por la corta edad de los nuevos guerrilleros, aconsejaron a “El Paisa” a internarlos en la selva. Durante tres años, Vanessa asegura que no tuvieron contacto con el mundo exterior.
“Al comienzo lloré mucho, era muy consentida en la casa”, anota. “Le dije a un comandante, me voy a ir para la casa. Y me dijo que no podía, no tenía vuelta atrás, y si insistía, me darían caldo de pistola. Yo no entendía lo que eso significaba”. Pronto lo descubrió. Un niño intentó fugarse, los comandantes dirigieron una intensa cacería hasta localizarle. Le mataron lanzándole una granada. “Llevaron más niños a esa operación para que miraran que las cosas eran en serio. Llegaron muy asustados y nos contaron. Todos quedamos muertos del susto. Yo dije, nunca digo que me vuelvo a ir”. Con el tiempo descubriría que también te ajusticiaban por el mero hecho de querer ser mamá.
“Le llamaban ‘La yegua” y estaba como de seis meses, se le notaba bien la barriguita. La amarraron y en el Consejo de guerra se paró y dijo que no iba a botar [tirar] su hijo y que la mataran. Pero después, cuando vio que era en serio, ya todo el mundo había votado que la fusilaran, a ella le pesó y dijo que abortaba pero ya estaba la orden dada. A los cuatro que votamos no, nos mandaron a estudiar el reglamento, nos decían que cómo íbamos a defender un enemigo. Le llaman enemigo a una persona porque queda embarazada [llora], no es justo, es demasiado duro para uno. Yo tenía 11 años pero estaba entendiendo cómo era la vida”, recuenta Vanessa.No fue el único drama de esa espantosa jornada. “Yo era amiga de ella, me afectó [su muerte] y todavía me mandan a mí, vaya y haga usted el hueco [la fosa] como si uno fuera un animal. Para mí eso fue tan difícil [llora]. Fue inhumano, el delito de ella era estar embarazada y oponerse a que le sacaran su bebé. Me puse a llorar y ‘El Paisa’ me dijo esta frase que me marcó: ‘El que no sirve para matar, sirve para que lo maten’. Respondí: hagan conmigo lo que sea pero no lo hago. No me fusilaron porque tenía familia que se crió en la guerrilla. De castigo me pusieron a cargar 50 viajes de agua, 100 de leña, 30 metros de trinchera, a cortar esos palos [árboles], más grandes que uno, a pura hacha, se me encallaron las manos [llora]. Solo Dios sabe lo que a uno le ha tocado vivir. Son cosas tan horribles que uno a ratos pensaba, si existiera Dios, ¿por qué no me ayuda? Uno se siente impotente, horrible”.
El asesinato de su padre, cuyo cadáver ella misma descubrió, sepultó por unos años las ansias de escapar. Tenía 16 y su progenitor intentó ayudarle a fugarse. La guerrilla adivinó sus planes y le mataron. Vanessa vio el cadáver destrozado y solo cuando se desmovilizó y recibió ayuda psicológica, pudo empezar a sobrellevar la tragedia.“A uno le da rabia e impotencia, mal genio, de ver que el Gobierno va a apoyar a una persona que le ha hecho tanto daño a muchísimas niñas”, sostiene. “¿Y no va a pasar ni siquiera una hora en la cárcel? Es injusto”.