La doctora en Biología y CEO de Promarine Antioxidants relató cómo la enfermedad autoinmune de su hijo la llevó a investigar moléculas presentes en los erizos de mar. Hoy, tras más de una década de trabajo científico, desarrolla productos respaldados por estudios y certificaciones internacionales que buscan mejorar la calidad de vida de personas con distintas patologías.

A veces la ciencia avanza impulsada por la curiosidad. Otras veces, por la necesidad. En el caso de la doctora en Biología Tamara Rubilar, fue la enfermedad de su hijo la que la llevó a iniciar una investigación que terminaría transformándose en una empresa biotecnológica y en una línea de productos basados en antioxidantes obtenidos de organismos marinos.
“Mi hijo nació con una enfermedad autoinmune rara y poco común, que no tiene un nombre específico. Lo que generaba era, por un lado, muy bajas defensas y, por otro, una súper reacción del sistema inmunológico”, explicó en diálogo con la 99.9. Esa condición provocaba alergias alimenticias severas, broncoespasmos frecuentes y reacciones dermatológicas permanentes. “Su intestino estaba inflamado, no podía absorber nutrientes, le costaba mucho respirar y siempre estaba molesto por las reacciones de su piel. Su calidad de vida dejaba mucho que desear”, recordó.
La familia pasó meses buscando respuestas médicas en Puerto Madryn hasta que finalmente fueron derivados a la Casa Cuna. “Cuando uno vive en el interior y no encuentra soluciones termina yendo a un hospital público nacional. Ahí nos atendieron extraordinariamente bien, no sólo por la calidad médica sino también por la calidad humana”, destacó.
Una vez obtenido el diagnóstico llegó el tratamiento convencional: corticoides a largo plazo. Sin embargo, la científica comenzó a preocuparse por los efectos secundarios. “Me puse a leer, como hace cualquier padre. Empecé a investigar qué repercusión podía tener ese tratamiento a lo largo de toda su vida, porque él todavía no tenía ni un año y medio”, explicó.
Su formación académica fue clave para iniciar un camino alternativo. “Yo soy científica, es lo que sé hacer bien”, afirmó. En aquel momento comenzó a estudiar los avances más recientes sobre antioxidantes y su posible relación con la inflamación intestinal. “Hoy parece una obviedad, pero hace más de diez años recién se estaba hablando de antioxidantes para bajar la inflamación intestinal y del eje intestino-cerebro”.
Rubilar había sido formada en el Laboratorio de Química de Organismos Marinos y tenía experiencia en la búsqueda de moléculas bioactivas provenientes del mar. Por eso comenzó realizando extractos caseros de frutos rojos como arándanos, cerezas y frambuesas. Sin embargo, los resultados no fueron los esperados.
Más tarde logró conseguir astaxantina, un potente antioxidante derivado del krill. “Venía en cápsulas enormes, imposibles de darle a un bebé. Yo las abría, le sacaba el líquido y trataba de administrárselo, pero era muy complicado”, recordó.
El punto de inflexión llegó gracias a un colega brasileño que le envió un trabajo científico escrito en ruso. “Me dijo: ‘Tamara, este paper es para vos. Habla de una molécula que no sólo es antioxidante sino que también modula el sistema inmunológico’”, contó.
La historia tomó entonces un rumbo inesperado. Como su familia tiene raíces rusas, su madre pudo traducirle el artículo. Allí descubrió que la molécula en cuestión provenía de los erizos de mar. “Cuando me dijo eso me voló la cabeza. Nosotros trabajábamos con erizos buscando otras moléculas, los famosos omega 3. Los pigmentos que hoy utilizamos eran algo que antes descartábamos porque no sabíamos qué significaban”.
Decidida a avanzar, contactó directamente al autor del estudio, un investigador radicado en Siberia. “Le expliqué la situación y me respondió de manera muy práctica: ‘Mandame un extracto y te digo si tenés la molécula’”. Rubilar preparó la muestra y la envió a Rusia. La respuesta fue contundente. “Me dijeron que tenía muchísima cantidad y de muy alta calidad”.
Aun así, aparecieron los temores. “Ahí me agarró el miedo. ¿Se lo doy o no se lo doy?”, confesó. Los investigadores rusos le explicaron que los beneficios de los erizos de mar eran conocidos desde hacía siglos y que incluso existían medicamentos desarrollados en Rusia a partir de esas moléculas desde comienzos de los años 2000. “Eso me dio tranquilidad porque no estaba haciendo un experimento loco”.
Los primeros resultados tardaron algunos meses en aparecer. “Esto no es magia”, aclaró. Sin embargo, a los tres meses ocurrió el primer cambio significativo. “Lo primero que notamos fue que dejó de evacuar con sangre”. Un año después pudieron suspender completamente los corticoides y el resto de la medicación. “Desde entonces lo único que consume es lo que en casa llamamos el ‘juguito de los erizos’”, relató.
Lo que comenzó como una solución familiar terminó transformándose en una línea de investigación de largo plazo. “Mi marido fue quien insistió en que esto no podía servir sólo para nuestro hijo. Yo tenía miedo de la reacción de la academia, de mis colegas”, reconoció.
Cuando ingresó como investigadora al CONICET decidió dedicar su trabajo a desarrollar métodos sustentables para obtener estas moléculas. “Quise encontrar una forma de ayudar a más personas y a eso me dediqué durante casi una década. Hoy eso se traduce en productos que están en el mercado”.
Actualmente Promarine Antioxidants cuenta con cuatro formulaciones respaldadas por estudios clínicos, certificaciones y validaciones científicas. “Nosotros somos científicos haciendo suplementos dietarios. Todo lo que decimos que hace un producto tiene detrás una certificación, un paper o una prueba médica. Nuestro diferencial es justamente la evidencia científica”, destacó.
La investigadora señaló además que han comenzado a recibir testimonios inesperados de personas con distintas enfermedades neurodegenerativas. “Nos escribió gente con ELA que empezó a tomar uno de nuestros productos y volvió a deglutir o dejó de usar pajita para tomar líquidos. No significa que curemos la enfermedad, significa que estamos mejorando la calidad de vida de una persona”, aclaró.
A partir de esas experiencias, el equipo comenzó nuevas investigaciones junto a especialistas de la Facultad de Medicina y del Instituto Favaloro. “Ahora estamos en estudios preclínicos. Primero hay que entender por qué sucede, cómo sucede y después avanzar. La ciencia bien hecha lleva tiempo”, explicó.
Rubilar remarcó que la filosofía de la empresa trasciende la búsqueda comercial. “Nuestro propósito es generar formulaciones que hagan bien, con toda la evidencia científica posible y además hacerlo de manera sustentable, utilizando las huevas de los erizos de mar, sin matar animales, con economía circular y sin generar residuos”.
Para la científica, todo lo ocurrido forma parte de una historia difícil de explicar desde la lógica tradicional. “A veces digo que lo único que hice fue prestar atención a las señales. Las cosas iban apareciendo y yo decidí no ignorarlas”, reflexionó.
Hoy, después de años de investigación, siente que aquella tragedia familiar se convirtió en una oportunidad para ayudar a otros. “Sabemos el efecto positivo que estamos generando. Lo que nació de una situación muy dolorosa hoy nos permite ofrecer soluciones a muchas personas”, concluyó.