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No sé de dónde pueda venirnos la compulsión findeañera de los balances, de contar los huecos, los espacios en donde no supimos qué escribir, qué dibujar o cómo vivir.

foto pag 7 aNo soy muy afecta a los balances, y no es porque me haya ido mal en Contabilidad en el cole. Es que las cuentas me agradan más bien pequeñas –sigo contando con los dedos, fíjese-, manejables los créditos y digeribles los débitos. Además del hecho de que jamás cuadré demasiado con las convenciones sociales, y, al igual que cierta amiga mía, me resulta incómodo hacer uno solo por año si tengo ganas de que sean veinte; o de cumplir con el establecido por calendario simplemente porque a alguien se le ocurrió que el 31 de diciembre termina algo, y el 1 de enero empieza una novedad. A cierta edad uno ya sabe que la vida es un sinfín para bien y para mal, que no se rige por un taco de hojas fechadas, y que determinadas cuestiones rituales tienen el valor de la celebración que nos regrese al pasado, familiar o histórico.

Por eso, se me ocurre que éste, sin terapeuta ni chamán mediante, es un momento perfecto para enumerar pendientes y sencillas observaciones vitales. Que quizá jamás emigren de esa categoría, y por tanto algún día deberé darles otro nombre, ponerlos en otro cajón o simplemente dejar de molestarlos. Que vayan así, a su aire.

. No sé manejar. Digo que no me importa para que nadie me moleste ni me insista con que una mujer tan determinada y medianamente autogestionada como yo bla, bla, bla. Tal vez mi independencia –autonomía me parece un término más ajustado- no alcance a los pedales de un vehículo y sí a los de una bici. Tal vez no quiero ir tan lejos, tal vez no quiero conducir sino ser conducida, cómodamente. Tal vez tomar un volante y pasar cambios no me hace sentir libre, sino aterradoramente responsable. Y tal vez no sea yo tan responsable, ni planee serlo.

. No plancho la ropa con plancha. Debe ser para no quemarla, calculo, porque estimo que es un riesgo cierto por mi falta de pericia en la materia. Así que la cuelgo con un proceso tan meticuloso en el tender, que cualquier planchadora del mundo, doméstica o profesional, envidiaría los resultados. Por eso no uso ese artefacto siniestro, caluroso, que me empuja al dolor de cabeza de sólo mirarlo y ha tenido el mal gusto, alguna vez y en manos más experimentadas que las mías, de acabar con algunas de mis prendas más queridas.

. Cocino infrecuentemente. No es que no sepa, pero siempre he conservado los resortes de este humilde conocimiento tan discretamente para mí, que los que deberían saberlo (y quizá aprovecharlo), lo ignoran. Mejor. Y no considero, como se suele rumorar por allí, que cocinar sea el acto de amor más inconmensurable hacia la familia. Yo creo que no saber hacer un pastel de papas con pasas de uva, huevito duro y todo el rock and roll, no es amar menos a los hijos. Es, sencillamente, no saber hacer pastel de papas. Sin moralina ni interpretaciones pseudo psicologistas. No es algo de lo que me enorgullezco, vea, tampoco predico el odio a la cocina, ni me avergüenzo. Simplemente es. Es tan natural a mi persona como ser bajita, o tener ojos marrones.

. Nunca fui testigo de un casamiento ni madrina de un hijo de otro. No quiero especular sobre las razones de jamás haber sido elegida, porque cualquiera de ellas lastima mi sensibilidad más elemental. Prefiero pensar que no hay los suficientes hijos a mi alrededor como para que alguien repare en que podría ser, llegado el caso, un punto de apoyo amoroso para seguir adelante. O ya no soy tan joven como para tener amigos casaderos, y por eso, ahora que tengo una palabra confiable, ya no tengo oportunidad de empeñarla.

. No fui este año tampoco a aprender francés, ni italiano, ni japonés ni chino, como me había juramentado el año pasado que haría, sin falta. Es decir que soy tan ignorante en esas materias del conocimiento como siempre he sido, pero ahora sé otra cosa más de mí: que soy tan capaz de proponerme objetivos difusos como incapaz de cumplirlos. A lo mejor no me da la gana cumplir. O me olvido, o pierdo interés. Todo es posible.

. No logro reencontrarme con mis compañeras de la universidad. Suelo pensar que soy la única que de vez en cuando inicia búsquedas sin sentido, rumbo o sistema, atropellando la guía telefónica o el Google. He dado sólo con una de ellas, y me ha ido increíblemente bien, a pesar de algunas frases agoreras que cunden en Facebook que indican que nadie debería ceder a la tentación de volver a aquellos lugares, momentos, espacios o personas donde o con quienes fue perfectamente feliz. Lo hice, y he sido doblemente feliz. Por haberme arriesgado incluso a desilusionarme, a golpearme con el recuerdo porque no coincide con el presente, y viceversa. Me siento más valiente y más conforme que antes de buscarlas con la determinación que hace encontrar lo que se busca.

. Sigo sin saber cómo recibir, protocolarmente, gente en mi casa, a menos que sea familia o como de ella. Soy una pésima anfitriona a la que no se le ocurre ofrecer asiento, un café, un vaso de agua o algún otro confort pequeñito de ocasión. No es falta de urbanidad, civilización o desinterés por el visitante, es la falta de costumbre propia de caer de visita. Es como que no he aprendido porque no he visto lo suficiente. Como un sordo, que no aprende a hablar porque no se escucha.

. No consigo convencerme de que mañana puedo, si es que ejercito suficiente, ser mejor que hoy. Y no pasa un día en que eso, milagrosamente, no ocurra. Cada vez que pasa, miro al infinito y se lo atribuyo a mi Dios, a la buena fortuna, al increíble amor que algunos me tienen y otros no (que eso también ayuda a mejorar, no crea), a la aspectación de los planetas y a mil elucubraciones que por lo general me excluyen. Aprecio que crezco (y ojalá madure) en una cosa enorme e ínfima a la vez: me doy cuenta de lo que me demanda vivir, y estoy sumamente agradecida, incluso por la zozobra. Los muertos no se cansan, no se alegran, no putean, no penan, no se sienten vulnerables o impunes. De lo que deduzco que estoy vivita. Y coleando. Bueno, coleando es un modo no literal de decir, que no sobra tanta anatomía: lo justo y necesario como para no andar incompleta.

. No alardeo de que miro Discovery Channel, Nacional Geographic o History Channel: los miro. Me entretiene infinitamente más aproximarme a entender cómo es que la mente de alguien pudo diseñar una súper estructura de 150 pisos, o plantarle una isla al océano, que todas las intrigas vespertinas de los programas de chismorreo, tan previsibles. Eso es lo que hace prescindibles esas riñas de egos: que ya les conozco el final. En cambio, veo un guepardo correr a una gacela por la sabana africana, ambos desplazándose a la velocidad máxima que permite su desesperación por sobrevivir, uno por comer y el otro por no ser comido, y me siento atrapada en la maravilla de un ecosistema que prescinde de mi ojo. Y allí estoy, sin embargo, como espectador impávido, aguardando a que el misterio fabuloso de las precariedades vitales se cumpla, de nuevo.

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. Este año, que no estoy comiendo carne roja, he conseguido que mi papá quiero hacer un asado para la Nochebuena. Alguien dirá, con mucho acierto: gataflorismo en estado puro. Sí, pero tiene sus razones: prefiero una buena vaca que no deberé masticar, a un lechón que sí. Detesto el lechón (no al vivo, pobrecito, sino a esa víctima inerte y chimichurreada que preside las mesas navideñas argentinas). Entonces, es más bien complejo de culpa: mi familia comerá bien, yo también (porque entre el asado lograré colar algunas verduras o variantes aceptables), y todos felices y comidos. Y luego pasaremos a estar más o menos bien bebidos.

Descuento que faltan cosas por enumerar en esta lista, lo sé. Quizá algunas realmente importantes. Pero esta columna remeda la vida misma, donde faltan cosas importantes, urgentes, impostergables, hermosas, difíciles y fáciles, interesantes y no tanto, todo el tiempo. De allí que pienso agregar, quitar, cambiar, modificar y torcer columnas tanto como haga falta. Al fin de cuentas, el resultado de cualquier balance sólo indica que ese sitio caprichoso y arbitrario donde se trazó la raya, es precisamente aquel donde no se tuvo más ganas de seguir contabilizando. Pero la cuenta siempre sigue. Como la vida, le dije. Por el momento es todo, aunque sé que siempre puedo retomar.