“No veo la hora de llegar a Mar del Plata”

Entrevista a Hernán Pérez Orsi, uno de los miembros de Greenpeace detenidos en Rusia.

Hernán Pérez OrsiDespués de sesenta y cuatro días de encierro, Hernán Pérez Orsi fue el primer extranjero en salir en libertad bajo fianza tras quedar detenido por estar a bordo del Arctic Sunrise. Ahora, en la habitación 405 de un hotel familiar de San Petersburgo ocupado por los otros 29 tripulantes del barco, en una de las ciudades más caras del mundo, espera junto a su mujer y su hija –Julia, una bebé de 14 meses– que finalmente le concedan la amnistía y le quiten los cargos que lo pueden llevar a pasar veintidós años en la cárcel.
Hernán nació en Mar del Plata. De chico se paraba a ver los barcos salir y entrar del puerto donde empezó a macerar su sueño: ser marinero. Y así fue. Con los años se convirtió en piloto de ultramar con título internacional habilitado para comandar barcos en cubierta. Como marino profesional, trabajó en buques pesqueros y en transporte marítimo y su vida quedó atrapada en el mar. Después de veinte años de navegar, en 2011 obtuvo una entrevista en la oficina de Greenpeace en Amsterdam y quedó inmediatamente incorporado a la ONG. Sus primeras misiones fueron a bordo del barco Esperanza, en una campaña para cuidar la fauna y unas especies de corales en el mar de Alaska. Navegó también por el Océano Índico protegiendo las zonas exclusivas de pesca de los países pequeños frente a los grandes buques pesqueros de todo el mundo.
Para el verano europeo de 2013, Greenpeace estaba necesitando un navegante con experiencia en hielo y lo llamaron. Viajó a Amsterdam y se puso en contacto con el material de navegación. Partieron en julio. Hicieron toda la costa de Noruega a bordo del Arctic Sunrise hasta que recibieron la confirmación de la acción. Ya era septiembre y se detuvieron en Noruega para que se sumaran activistas con roles más específicos, como la otra argentina, Camila Speziale. El 19 de septiembre, estaba en su camarote cuando de repente escuchó el ruido de las hélices de un helicóptero cada vez más cerca.

–¿Qué fue lo que pasó?

–Me asomé y vi un helicóptero suspendido en la popa a unos treinta metros y gente vestida de combate con ametralladoras bajando por unas sogas. Vi a parte de la tripulación con las manos levantadas. Me fui derecho para allá y uno de ellos le golpeó la puerta al capitán para que parara la máquina. Me fui a lanzar una alarma silenciosa satelital que tenemos para ataques de piratería, porque era la única forma que teníamos de avisar lo que estaba ocurriendo, pero nos metieron a todos en el comedor del barco. Nos revisaron los camarotes, nos sacaron las computadoras, libretas, cámaras de fotos, discos rígidos y todo lo que pudiera ser información digital o escrita. Nos revisaron, nos palparon de armas. Además, no estaban identificados, ni siquiera una bandera en el uniforme, nada. Estaban encapuchados completamente, se les veía solamente los ojos, nadie se identificó y nos quedamos totalmente incomunicados. Remolcaron el barco hasta el puerto de Murmansk.

–¿Cuánto tiempo tardaron en llegar?

–Cinco días. Cuando llegamos recibimos la visita de jefe del cuerpo consular de la Embajada Argentina en Rusia, al que le habían informado que nos tenían que llevar frente al comité de investigación para hacer un procedimiento administrativo que iba a demorar unas tres horas y que después nos podíamos ir. Ahí fue cuando nos acusaron de piratería.

–¿Entonces?

–A mí y cinco más nos mandaron a una cárcel militar. El 26 de septiembre tuve la audiencia y me acusaron de piratería. Nos dieron dos meses de preventiva a todos: desde el cocinero hasta el capitán. Después nos llevaron a una cárcel común y ahí nos incomunicaron. Sólo podía hablar con mi abogado, el cónsul y mi compañero de celda. Y así pasé días terribles.

–¿Cómo fue ese tiempo en la cárcel?

–Bastante duro. Aislación casi completa. Pasaba veintitrés horas adentro de la celda y una hora al día podía ir a un galponcito a hacer ejercicio. Tenía cuatro metros cuadrados y había una barra. Comíamos papa, repollo y cereal, bajé doce kilos. Al principio estuve con dos rusos de Murmansk acusados de pertenecer a la mafia rusa y después con un chico de Uzbekistán que lo habían acusado de robar trescientos rublos, menos de cien pesos. Había mucho tiempo para pensar, meditar, replantearte cosas de tu personalidad.

–¿Qué te ayudó a soportar esos días?

–Yo soy creyente y recé mucho, eso me mantuvo firme. Hablaba con mi hija imaginariamente y yo sabía que me estaba escuchando. Sentí el apoyo de la gente a través de lo que me contaban mi abogado y el cónsul. No me podía poner mal si un montón de gente estaba pensando en mí.

–¿En qué te modificó esta experiencia?

–Es imposible pasar por algo así y no plantearse las cosas de otra forma. No veo la hora de llegar a Mar del Plata y quedarme en la parada esperando el colectivo, aunque sean veinticinco minutos y me cague de frío.