De la Bastilla, pasando por la Revolución Iraní, a este presente de hoy

Cuando un dirigente que aspira a la presidencia de su país celebra como «una nueva toma de la Bastilla» una jornada en la que se saquea un instituto y arden barricadas frente a los liceos, ya no está acompañando un reclamo: está administrando un incendio. Eso es lo que ocurre hoy en Francia, y esa estrategia tiene nombre y apellido: Jean-Luc Mélenchon.

Primero, los hechos: La revuelta nació en septiembre en el Instituto Saint-Exupéry de Créteil, en la periferia sudeste de París, con un reclamo que nadie serio puede descalificar: falta de profesores, ausencias sin reemplazo, aulas abarrotadas y deterioradas tras años de recortes presupuestarios. El viernes 2 de octubre unos 400 liceos debieron cerrar sus puertas, y el martes 6 la movilización reunió a 256.000 personas en todo el país según el Ministerio del Interior —450.000 según los convocantes—. En este contexto, la violencia se volvió paisaje: contenedores incendiados en Rennes, el transporte de Marsella interrumpido, un instituto saqueado en Burdeos y un adolescente de 15 años que perdió una mano en los enfrentamientos de Lens. Son los peores disturbios estudiantiles desde 1986, cuando la protesta juvenil tumbó la reforma universitaria del gobierno de Jacques Chirac.

Por su parte, la izquierda no inventó la causa, pero se apuró a ocupar la tribuna. La CGT tendió el puente entre estudiantes y trabajadores, el Partido Socialista se sumó a las columnas y La Francia Insumisa hizo lo que mejor sabe hacer: apropiarse. Mélenchon definió la jornada del 6 como un «punto de partida», les aseguró a los jóvenes que tienen «toda la razón» y pidió «prudencia» con la misma voz con la que convocaba a seguir en la calle.

El primer ministro Sébastien Lecornu acusó a LFI, ante la Asamblea Nacional, de «atizar la violencia» con fines electoralistas y le reprochó su ambigüedad frente a los desmanes. Son acusaciones políticas, no fallos judiciales. Pero lo revelador es lo que calla el propio protagonista: los sindicatos estudiantiles se desvincularon públicamente de la violencia; desde el partido de Mélenchon, en cambio, llegó una ambigüedad calculada.

No es la primera vez que Francia confunde rebelión con redención. Vale recordar que en octubre de 1978 el gobierno de Valéry Giscard d’Estaing dio refugio al ayatolá Ruhollah Jomeini en Neauphle-le-Château, a las afueras de París, desde donde durante cuatro meses condujo —micrófonos, casetes y prensa internacional mediante— la caída del Sha. El 1 de febrero de 1979 regresó a Teherán a bordo de un vuelo de Air France. Mientras tanto, la intelectualidad de izquierda aplaudía: Michel Foucault viajó a Irán y escribió para el Corriere della Sera crónicas fascinadas sobre una «espiritualidad política» que, creía, renovaría la idea misma de revolución. Lo que vino después —la teocracia, los fusilamientos, el velo obligatorio, casi medio siglo de régimen— es historia conocida.

Entonces como ahora, la izquierda francesa se enamoró del fuego sin preguntarse quién lo atizaba ni hacia dónde iba. A siete meses de la primera vuelta presidencial, con Marine Le Pen como clara favorita y un Emmanuel Macron que apenas araña el 17% de aprobación, la izquierda radical necesita una épica, y en la tradición francesa la épica siempre se escribe con adoquines. El 13 de octubre hay nueva convocatoria estudiantil y sindical; el 17, reaparecen los chalecos amarillos.

Lo que está en juego no es el presupuesto educativo —un reclamo legítimo que merece respuesta— sino quién capitaliza el incendio. Los chicos ponen la cara, las manos y los antecedentes; los dirigentes, el discurso. Unos terminan en la comisaría; otros, en la boleta.