De operación especial a una guerra más larga que la Primera Guerra Mundial

El 10 de junio de 2026, la criminal invasión rusa del territorio ucraniano, que se suponía iba a durar apenas tres días, superó formalmente la duración del primer gran conflicto del siglo XX.

Hay cifras que ordenan la mirada. El 10 de junio, la invasión rusa a gran escala del territorio ucraniano superó en duración a la Primera Guerra Mundial: más de 1.567 días de frente abierto, y cuatro veces ese número si se cuenta desde la anexión de Crimea en 2014. Una guerra que empezó cuando muchos creían que las guerras de conquista entre estados eran ya un anacronismo, lleva ya más tiempo que el conflicto que en su momento se llamó «la guerra que terminará con todas las guerras».

Conviene decirlo sin eufemismos: el conflicto entró en su fase de desgaste. No hay ofensivas que muevan mapas de manera decisiva, hay líneas que se erosionan metro a metro al costo de vidas que se cuentan por centenares cada veinticuatro horas. Putin cambió, en estos cuatro años y cuatro meses, la vida de alrededor del 1% de la población rusa por poco más del 1% del territorio ucraniano. Es una contabilidad macabra, y es la única que parece importar en el Kremlin.

Lo nuevo de estas semanas no está en el frente terrestre, sino en el aire y en la política. En el aire, porque Ucrania llevó la guerra a la casa de los rusos: atacó dos veces en una sola semana la refinería de Kapotnya, en las afueras de Moscú, provocó faltante de combustible en varias regiones y obligó a suspender vuelos en la capital del agresor. «Si Ucrania va a arder, Moscú también va a arder», dijo Zelenski. Es una frase dura, pero se traduce en un cálculo: hacer que la población rusa, hasta ahora resguardada de las consecuencias, sienta el peso de una decisión que tomó su gobierno. Del otro lado, la respuesta rusa golpeó el patrimonio cultural ucraniano: el monasterio de las Cuevas de Kiev, además de museos y estudios de cine. La elección de estos blancos no es militar, sino simbólica: borrar identidad.

En la política, el dato dominante es Donald Trump y su reloj electoral. Washington fijó junio como plazo para cerrar la guerra, no por una urgencia humanitaria, sino para despejar la agenda de cara a las legislativas de noviembre. Esa es la verdad incómoda detrás del esfuerzo diplomático: la suerte de Ucrania quedó atada al calendario interno norteamericano. El plan original de veintiocho puntos fue, y sigue siendo, marcadamente favorable a Moscú; le pide a Kiev ceder territorio a cambio de garantías de seguridad y de una reconstrucción que, leída la letra chica, deja a Estados Unidos como principal beneficiario económico. Europa, otra vez, miró de afuera: no fue consultada y aparece dividida, con Hungría vetando un préstamo de 90.000 millones de euros y el vigésimo paquete de sanciones.

Y mientras se negocia, se abre un frente nuevo al norte. Esta semana Zelenski le dio a Alexander Lukashenko un plazo de una semana para desmantelar las torres de repetición que Bielorrusia desplegó en dos regiones fronterizas y que, según Kiev, sirven para «dirigir» los ataques rusos contra población civil. «Que desmantele esos equipos, que los apague (…). Si no lo hace, lo haremos nosotros», advirtió al denunciar que por esos equipos mueren civiles a diario y hay niños heridos. No es una bravata aislada: a fines de mayo un comandante de drones ucraniano ya había dicho que tenían marcados los primeros 500 objetivos en territorio bielorruso si Minsk entraba en la guerra.

La posición de Lukashenko es la de un aliado incómodo y atrapado. Bielorrusia fue la plataforma desde la que Rusia lanzó la invasión en 2022; desde entonces alojó armamento nuclear ruso, fabricó componentes para la industria militar de Moscú y participó en maniobras nucleares conjuntas. En las últimas semanas se sumó una concentración de tropas rusas sobre la frontera bielorrusa que reavivó el temor a una participación directa. Pero Lukashenko juega a dos puntas: días atrás bajó el tono, casi pidiendo disculpas a Zelenski, a quien describió como un dirigente «bajo presión, joven e inexperto». El gesto delata su dilema: Putin necesita que Minsk siga firme; si Ucrania, respaldada por Washington, llegara a golpear Bielorrusia sin respuesta, el Kremlin se arriesga perder a su socio más cercano, sea por desgaste o por una deserción de Lukashenko hacia Occidente.

El ultimátum de Zelenski, leído así, no apunta sólo a unas antenas: busca tensar el eslabón más débil de la alianza rusa.