
Lejos de aquellas promesas por parte de Montenegro en su discurso de asunción hace siete años, la violencia golpea a diario a los marplatenses.
Guillermo Montenegro, al asumir su primer mandato, prometió ser el centro y eje de la solución de los problemas de inseguridad en General Pueyrredón. Hoy, una pandemia de violencia golpea a la ciudad y dispara la venta tanto de armas, como de calmantes y otros medicamentos para tratar de atemperar los efectos de las emociones de angustia y temor que aquejan a buena parte de nuestra sociedad.
Hay un interrogante obvio que nadie puede contestar frente a un micrófono: ¿por qué en siete años, nunca jamás ni Montenegro ni Rabinovich han cuestionado ni a Sergio Berni, ni a Javier Alonso? Puedo entender en este silencio a los dirigentes del PJ, de cualquiera de sus tribus: son parte, y hay una implícita obligación de callar cuando hay de por medio una cuestión de correspondencia política. Pero desde la conducción local no peronista, el silencio ominoso fuerza interrogantes enormes. Es obvio que, tanto Montenegro como Rabinovich, tienen vínculos con los servicios. La profundidad y verdad de hasta dónde llega este poder declamado, es otra muy significativa duda.
Lo que no puede obviarse, es que los hechos suceden, y lastiman de lleno a la ciudadanía. Los vecinos ya no saben de zonas seguras: ya da lo mismo un barrio de poder adquisitivo alto, medio o bajo. Sin embargo, las respuestas no están lejos: todos los jefes de calle, de todas las seccionales, son de Mar del Plata. Tienen familia, madre, padre, hijos, vecinos. Algo está muy podrido para que esto pase del modo que pasa. Tampoco se puede apelar a la salida fácil señalando que, el Ladrey No News, agranda los hechos por la obsesión de su director propietario en la liquidación patrimonial aún en vida, buscando generar las condiciones para que el natural de Dolores vuelva a la intendencia. Los hechos ocurren y eso no hay quien pueda taparlo. No hoy, en la época de las redes.
Justamente a través de las redes habló el ministro de Inseguridad, Javier Alonso, aduciendo que la violencia criminal está a la baja estadísticamente y que todo es un tema, vaya coincidencia, de redes. Sin embargo, es obvio que éstas están haciendo el trabajo que buena parte de los medios —por complicidad— han buscado evitar hacer. Las redes —con todos sus errores— son las que obligan a los medios a exponer lo que ocurre.
Hay información suficiente en poder de las autoridades para actuar, pero hace falta la decisión de proceder. Menos videítos y más acción. Salvo que todo termine en una caja, lejos de la vista, en donde se suma lo recaudado por el crimen y se reparta convenientemente.
La parte del municipio que está enganchado en un rol que no le corresponde —ya que la seguridad es obligación y responsabilidad de la provincia— ya que están en el baile, podría esforzarse por aprender los pasos de esta danza. Un detalle: desde que se compró el armamento no letal para la patrulla municipal, no hay registro de que se haya realizado con el mismo ni un solo disparo.
Todo una puesta en escena patética y de malo gusto.
