
El impacto de la maledicencia de algunos se hace notar en todas partes. En este caso, fue un momento: Florencia Peña, en su deriva mental de asociación emocional con la abogada exitosa que cumple condena por delitos juzgados y sentenciados, se ha creado un universo extraño en donde los hechos son ignorados y la fábula lo es todo.
Sus expresiones fueron el punto alto de una secuencia que, en realidad, se inició desde la cuenta de X de un periodista que se desempeña en ESPN como corresponsal en Mendoza, cuyo nombre es Gastón Lucero Suárez, y quien tiene todas las credenciales que le exige la media porteña a Peña para desempeñarse en los medios, en su caso, el streaming. Sin embargo, curiosamente, a Lucero Suárez nadie le exige nada de nada.
¿Corporativismo? Y, sí. La boutade brutal de Peña la llevó a ser mediáticamente ejecutada en tiempo real por toda la media metropolitana y a ser defenestrada sin derecho a réplica por Nico Ochiatto, quien sólo se ocupó de señalar que, a raíz del suceso, ningún anunciante se retiró de Luzu TV. En fin… son tan progresistas, que sólo cuentan la caja.
Es obvio que en esto juega —aunque se hagan los distraídos— el escenario de disputa entre el universo kuka y otros actores de los medios. Se habla hasta el hartazgo de Adorni —y está bien que así sea— pero se hace silencio estampa sobre la fortuna de Cristian Ritondo, quien los mira por TV mientras nada en su pileta calefaccionada en su penthouse de tres pisos sobre avenida Libertador. Hay una coalición de intereses que hace que, por lo mismo que se condena a unos, se calla con otros.
Florencia Peña es meramente una adoratriz sin destino que pone su granito de arena para enlodar, cada vez que puede, a aquellos que, en su imaginario, deberían, por su origen, ser peronistas. Lleva años cuestionando a Carlos Tevez, o a Sergio Agüero. Su planteo hablando de «las dos pepas» que clavó Embappe en un partido, aduciendo que el jugador francés es una persona que se juega políticamente, es parte del mismo decir por el cual, ahora, se la ha juzgado tan duramente.
La frialdad con la que habló de un fallecimiento, y su posterior expresión de «bueno, se va a tener que volver», fue demoledora. El decir no explicitado es: «si se vuelve, se cae la selección, y el fracaso está ahí, a la vuelta del avión». Así se leyó, y ese entender lo no dicho como deseo, es lo que la condenó.
No es un tema de profesionalismo, sino política, pura y dura. Esa misma política que cubre al millonario Ritondo, es la que también lo sacude, como fruta podrida, a Adorni, no por chorizo, sino por inepto a la hora de apoderase de su dinero mal habido. Tan torpe es, que abrió la puerta para subirse a un avión a Punta del Este, cuando el viaje real en Buque Bus tomaba menos tiempo.
La boutade de Peña en unos días será recuerdo, y apenas una anécdota menor; pero lo que puso sobre la mesa de la conversación pública, es brutal.
